viernes, 5 de diciembre de 2008

ESPERO QUE OS GUSTE

Hacía tiempo que no salía a navegar y lo cierto es que lo necesitaba, así que nada mejor que una pequeña travesía. Quizás no sea el mejor día pero cuando la necesidad apremia no importa de dónde venga el viento, ni si la mar está en calma, sólo importa el valor para enfrentarte a ese maravilloso mundo azul.

Llueve y el viento sopla fuerte pero… me siento con ganas de confundirme con la mar. Nada más salir del puerto hizo la mayor, me obliga a virar, no puedo ni debo, acercarme demasiado a los acantilados. Estoy en la popa, de pie, con la rueda del timón entre mis manos. Desde ahí observo como la proa empieza a cabecear, a hundirse en sus entrañas, en esos momentos el agua golpea mi cara, de tal manera que el agua salada y el agua dulce de la lluvia se confunden en mi cara. De repente vuelve a resurgir, se levanta, mostrándose majestuosa, para, súbitamente, volver perderse de mi vista.

La mayor sigue hinchada, preñada por el viento que cada vez con más fuerza la va poseyendo. Soy feliz, sintiéndome de nuevo en comunión perfecta con mi mundo. Noto la adrenalina brotando de mis entrañas pero no tengo miedo. Yo respeto a esa mar que ahora brama en un vaivén de locura y sin sentido. Ella sabe que navego por necesidad no por retarla, jamás se me ocurriría retarla porque sé que estoy en su mundo. De pequeño me enseñaron que a la mar hay que quererla, mimarla pero jamás, jamás desafiarla.

La navegación se pone complicada, el viento ha girado y empieza a soplar con más fuerza obligándome a virar de nuevo. Mis manos empiezan a dolerme de apretar con fuerza el timón. Me cuesta abrir los ojos, el agua forma una telaraña de mil hilos enredándose en mi retina. Al final tengo que recoger la mayor y regresar a puerto.

Atraco el barco en el pantalán. Entro dentro del camarote, me seco, enciendo un cigarro mientras el olor a café impregna toda la estancia, pongo música, un Cd de una cantante Gala Evora, un gran descubrimiento y… releo el inicio de lo que un día espero que sea mi novela.

Dejo en mi cuaderno de bitácora el principio de ella.

ENCUENTRO CON GUILLERMO

Vi llegar a Guillermo desde la cristalera de la cafetería. Le observé con detenimiento mientras se acercaba. Era un hombre meticuloso, observador, no dejaba nada al azar, nada que pudiera sorprenderle y así se comportó desde el momento en que le vi bajar del coche.

Había pasado un año, pero nada en él había cambiado, ni su forma de comportarse ni su aspecto. Seguía con sus gafas cuadradas de montura oscura, impecable en el vestir, siempre con ropa de marca. Era alto, casi un metro noventa, musculoso, bien parecido, tez oscura, pelo moreno y ojos negros. A mi siempre me recordaba a los modelos que suelen salir en las revistas de moda, pero ese aspecto no le había perjudicado en su trabajo, todo lo contrario, esa presencia impecable le había facilitado, en muchas ocasiones, el trabajo de policía

Entró en la cafetería, sus ojos recorrieron de forma rápida e imperceptible cada uno de los rincones del establecimiento. En unos instantes había fotografiado mentalmente el lugar y la gente que se encontraba en su interior. Sabía que si en esos momentos le digo “cierra los ojos y descríbeme la cafetería”, lo hubiera hecho con una exactitud casi perfecta.
Se acercó a la mesa. Me levanté, nos fundimos en un abrazo.

- Eres un cabrón – fue lo primero que me espetó en la cara.

- Pues si que empiezas fuerte. Anda sentémonos ¿qué te pido?

Yo me senté pero él continuó de pie.

- Llevo un año intentando contactar contigo. Te he mandado mensajes, te he dejado miles de llamadas perdidas, he preguntado por ti y nada, como si nunca hubieras existido ¡joder! Al menos hubieras podido mandarme un puto sms, aunque sólo fuera para decirme que estabas bien.

Cuando terminó de sacar toda su rabia se sentó. Ahora era mi momento de hablar.
- Lo siento, pero es que no estaba bien. Compréndelo.

- Y una mierda. Después de todo lo que hemos pasado juntos no merecía el trato que me has dado. Tú y yo somos más que compañeros de trabajo somos como hermanos, o al menos eso me decías.

- De verdad Guillermo, lo siento y por cierto, sabes que te quiero como un hermano.


- Que te jodan – se quedó unos minutos en silencio contemplando la mesa, al final levantó la vista, puso su mano sobre la mía – bueno ya me he desahogado y ahora ¿qué tal estás Marc?

- Bueno, sigo con las pastillas, pero poco a poco me voy acostumbrando a vivir solo – me costó decir esa frase, tanto que yo mismo noté como el tono de mi voz se iba diluyendo entre las palabras de la gente que allí se encontraba – pero no es fácil.

- Ya me imagino, miento, no me lo imagino, pero tú eres fuerte, tienes que seguir, atraparemos a esos cabrones, más tarde o más temprano les pillaremos y entonces podrás descansar tranquilo.

- No – respondí. Esperé unos segundos para seguir hablando - yo lo dejo. Te queda para ti el trabajo de atraparles, yo abandono el barco. Acabo de venir de Jefatura. Solicité la baja del Cuerpo y hace unos días me llamaron para decirme que ya estaba todo tramitado y que pasara a firmar la baja.

En esos momentos vino una camarera. Al ver que yo estaba tomando un café le preguntó a Guillermo si quería algo.

Apartó su mano de la mía pero sus ojos seguían clavados en mis pupilas.

- Guillermo ¿quieres tomar algo?

- No puedes abandonar, ahora no.

- Tráigale un descafeinado de máquina con sacarina – después de tantos años juntos conocía perfectamente sus gustos y lo que tomaba a esas horas de la mañana. Pero él continuó hablando, ignorando por completo lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor.

- Ese no es tu estilo, si abandonas ahora es como si te dieras por vencido, como si te rindieras.

- Y tienes razón – le interrumpí – me rindo. No quiero saber nada…ésta ya no es mi guerra.

Agachó la cabeza, tapándose la cara con las palmas de las manos. Así estuvo unos minutos, creo que intentado asimilar lo que le acababa de decir, al final levantó la vista para volver de nuevo a mirarme fijamente.

- No te entiendo, no te reconozco. Tú siempre has sido como un perro de presa, infatigable, insistente hasta el final y ahora que es cuando te toca de cerca me dices que lo dejas todo. De verdad que no te entiendo pero te apreció demasiado como para no respetar y apoyar tu decisión.

- Gracias, sé que para ti no es fácil entenderlo, pero de verdad que necesito empezar una nueva vida.

- Bueno y ¿qué vas hacer?

Le trajeron el café descafeinado con sacarina, al verlo sonrió.

- ¡cómo me conoces!

- Como si te hubiera parido.

Desde que entró en la cafetería fue la primera vez que nos relajamos, esbozando ambos una sonrisa. Aproveché para contarle que durante ese año vendí el piso y que con el seguro y algo que teníamos ahorrado compré una casa situada en un acantilado. Me encantó nada más verla. La convertí en un pequeño hotel. También le conté que por fin me había sacado el título de patrón de yate y me había comprado un pequeño velero de doce metros.

- Has cumplido tus sueños, siempre me decías que te encantaría tener un pequeño hotel rural y un barco y mira, ya tienes las dos cosas.

- Es cierto, pero…joder he pagado un precio demasiado alto por ello. Hubiera preferido compartir esos sueños con las personas que más quería en este mundo.

Se quedó pensativo unos segundos.

- ¿te han comentado algo del atentado en Jefatura?

- No, y la verdad es que yo tampoco he preguntado. Quiero olvidarlo, no quiero saber nada.

- Se encontraron huellas en el coche abandonado por el comando, tenía preparada una bomba para que el vehículo estallara y borrar cualquier rastro pero falló el explosivo y…

Le interrumpí
- Guillermo, por favor, de verdad, no quiero saber nada. Sólo te pido que los atrapes, entonces sí, entonces llámame. Cuando llegue ese momento quiero mirarles a los ojos, quiero ver sus caras, aunque sólo sea por saber quien ha arruinado mi vida. Prométeme que cuando los tengas me llamarás.

- Te lo prometo – respondió volviendo a poner su mano sobre la mía.

- Gracias.

- Por cierto, sabes que Lucía pidió el traslado a Madrid, ahora está en Inteligencia. Hace poco que hablé con ella y parecía contenta.

- Me alegro, es una chica lista y buena policía. De las mejores Inspectoras que he conocido.

- La verdad es que lo tiene todo, es lista, buena persona y encima está buenísima. Mira que le he tirado los tejos veces pero nada de nada, siempre se me ha resistido, yo creo que sólo tenía ojos para ti.

- Eso no son más que imaginaciones tuyas.

- Que no Marc, que yo conozco a las mujeres y pondría la mano en el fuego a que si no hubieras estado casado ¡um! No sé que hubiera pasado.

- Eres un capullo – le dije sonriendo – te gustan tanto las mujeres que algún día serán tu perdición.

- La verdad es que tienes razón, pero es que no puedo evitarlo, veo un buen culo y me ciego. Pero bueno, me conoces y sabes que trabajando me centro en el tema – dijo intentando disculparse por el comentario hecho.


Guillermo era un buen policía, le conocía bien. Ambos habíamos coincidido en la Academia, luego a él le destinaron a Palma de Mallorca y a mí a Galicia, después de dos años coincidimos de nuevo en Bilbao. Un año después llegó Lucía. Durante seis años trabajamos juntos en la misma Unidad. Lo cierto es que entre los tres formábamos un buen equipo, Guillermo era un hombre educado, extrovertido, amable, con buena presencia, siempre elegantemente vestido, detalles todos ellos que ayudaban a que muchas puertas se abrieran; pero lo que más me gustaba de él era su intuición, su olfato para detectar cuando las cosas se podían torcer. En todos los años que habíamos trabajado juntos jamás se había equivocado.

Lucía era la antítesis de Guillermo. Siempre vestía con vaqueros y camisetas, normalmente blancas, que contrastaban con su melena de color negro. Era introvertida, seria, incluso seca muchas veces, de hecho costaba ganarse su confianza. Siempre estaba a la defensiva. Ella decía que era por su condición de mujer entre un mundo mayoritariamente compuesto por hombres. Solía decir “tengo que hacerme respetar y los hombres, la mayoría al menos, en cuanto una mujer os da un poco de confianza ya pensáis que quiere rollo con vosotros”. Pero cuando ella decidía que podía quitarse la coraza entonces te dabas cuenta que era una excelente persona.
Sin embargo he de reconocer que a pesar de trabajar mucho tiempo juntos, de pasar momentos malos, momentos que hacen que te unas aún más a la gente que tienes a tu lado, momentos de angustia y soledad, ella, sólo en contadas ocasiones quitó esa capa de acero que la envolvía y la hacía inescrutable. Pero aún así lo que más me sorprendía de ella era la facilidad que tenía para ponerse colorada, me sorprendía esa sensación de fragilidad que irradiaba. Lucía era puro contraste, una mezcla perfecta de dureza y dulzura a la vez, sobre todo cuando sonreía y te regalaba una palabra amable y cariñosa. En esos momentos ella conseguía que las tensiones que surgían entre el grupo de trabajo desaparecieran en un momento. Ella era nuestro catalizador.
Trabajando era minuciosa, detallista, tanto que a veces rayaba lo maniático. Siempre que le pedía que buscara algún dato que nos sirviera para la investigación ella me traía un informe minucioso, con rigor, sin dejar ningún cabo suelto. He de reconocer que al principió llegó a molestarme tanta precisión, tanta perfección a la hora de hacer un trabajo pero al final comprendí que cuando estás detrás de un tipo que va armado y que si te descubre no va a dudar en matarte no queda otra opción que ser meticuloso.

Me dolió marcharme de Bilbao sin despedirme de ella. Ahora teniendo a Guillermo delante sé que obré mal, o al menos no obré como debía haberlo hecho, pero en esos momentos, sinceramente, lo único que pensé era en huir, alejarme de todo y de todos, marcharme de ese infierno en que se había convertido mi vida.

- Bueno Guillermo, tengo que marcharme. Te dejo una tarjeta del Hotel, en ella está la dirección y el número de teléfono. Cuando quieras venir estaré encantado de recibirte, mi hotel será el reposo del guerrero.

- Si no te conociera pensaría que me estás echando los tejos – dijo sonriendo. Luego miró la tarjeta y vio el nombre del Hotel “ITACA” , movió la cabeza con un gesto de resignación, me miró a los ojos – Marc, espero que no sólo mires hacia Ïtaca, deseo que la encuentres porque te lo mereces.

- Me marcho, tengo una cita. Cuídate mucho y no bajes la guardia.

No me preguntó ni dónde, ni con quién era la cita, no hacía falta. Sabía que para esa cita no requería contra vigilancias, ni grupos de apoyo, sólo necesitaba que mi espíritu tuviera la fuerza suficiente para poder superar ese último adiós.

Me levanté, dejé un billete de cinco euros en la mesa. Al pasar al lado de mi amigo no pude evitar posar mi mano, durante unos segundos, sobre su hombro. Apreté con fuerza, el levantó la cabeza, dirigió su mirada hacia mis ojos llorosos. Tanto él como yo éramos conscientes de que seguramente sería la última vez que nos viéramos.

Cuando salí de la cafetería el cielo se había encapotado, un color gris oscuro en perfecta consonancia con mi espíritu. Cogí un taxi y me dirigí hacía mi última cita. Me pasé todo el trayecto mirando a través de la ventanilla. Miraba pero no veía nada. Las calles, los edificios, incluso la gente eran en esos momentos parte de un decorado, una película en la que me negaba a participar, a sabiendas de la inutilidad de mi esfuerzo por escapar de esa situación, mi alma seguía perdida, o mejor dicho, abandonada en alguna esquina de aquella ciudad.

Al llegar le dije al taxista que me esperara. Bajé del coche y me quedé de pie, impasible. Mis piernas eran incapaces de avanzar un solo metro. Mis ojos, hasta ese momento perdidos entre los recodos de calles y avenidas se centraron en la verja por la cual se accedía al cementerio. Me había preparado para el instante en que tuviera que atravesar esa puerta, pero jamás pensé que fuera tan, tan difícil. Había imaginado esa situación miles de veces, tenía mi alma y mi cuerpo preparado para ese momento. Aún así nada de lo imaginado se podía comparar a la soledad que estaba sintiendo en esos minutos.

Cerré los ojos, mi vida pasó delante de mí de forma entrecortada…las volví a ver y eso me dolió aún más. Era consciente del esfuerzo que me había supuesto el llegar a ese lugar y no podía, ni debía, marcharme sin entrar. Avancé, mi respiración se aceleró, mi cuerpo temblaba como una marioneta a punto de quebrarse, empujé la verja, como un autómata me dirigí al lugar donde estaban enterradas. Cuando vi sus fotos y sus ojos mirándome sentí como si una daga me atravesara el alma. Con mis manos rocé el pequeño cristal que cubría sus retratos. Sólo fueron unos segundos…y me marché.
Reconozco mi cobardía pero no podía resistir tanto dolor.

- Al aeropuerto, por favor.

Una vez en el lugar y tras realizar los trámites pertinentes, me senté en la sala de espera. Tenía varias pantallas de televisión delante de mi, gente moviéndose de un lado a otro, aviones despegando y tomando tierra, vidas desplazándose de un sitio a otro en busca, quizás, de esperanzas perdidas o de amores renovados pero nada ni nadie podía impedir que mi memoria se trasladara al Mediterráneo.

Yo ya no pertenecía a ese lugar, me quemaba el alma pensarlo. Abandonaba a las dos personas que más había querido en este mundo y sin ellas yo ya no tenía nada que me atara a esa tierra que en determinados momentos tanto amé. Ahora, solo, sentí la obligación que debía cerrar el círculo y regresar a mis orígenes, a mi playa, a mi mar, a mi levante, a ese pequeño pueblo del que jamás hubiera imaginado regresar de esta manera.

De repente la gente dejó de andar, de moverse de un lado a otro, sus ojos se detuvieron delante de las pantallas de televisión, se oyeron murmullos, me levanté de mi silla, miré el televisor. Era un avance informativo, emitían imágenes de un atentado con coche bomba contra una furgoneta de la Ertzaintza (Policía Autónoma Vasca) convertida ahora en un amasijo de hierros y con trozos de cadáveres esparcidos por todos los sitios. En unos pocos minutos la gente que se arremolinaba en torno a mí empezó de nuevo a tomar vida, sus pies de nuevo volvieron a moverse acompasadamente, sus ojos se vaciaron de rabia, su catarsis había terminado.
Me quedé solo delante de esas imágenes obscenas de muerte y dolor. Mi cuerpo se resintió, conocía los síntomas perfectamente, la respiración se me hizo cada vez más difícil, me ahogaba. Intenté tranquilizarme, busqué la pastilla entre mi bolso, la maldita pastilla que siempre llevaba conmigo para evitar esos ataques de ansiedad que desde hacía un año formaban parte de mí. Me dejé caer sobre la silla, en la mano la cápsula, la miré. Era plenamente consciente de que debía tomármela para evitar zafarme de ese dolor agudo que se clavaba en mi espíritu.

Con la cabeza agachada sólo vi sombras que se movían, pies yendo y viniendo, ruedas de maletas girando como la vida misma, voces hablando en alto, anuncios de salidas y llegadas de vuelos…en unos minutos todo el mundo se había olvidado de los muertos, del dolor de sus familias. Quizás deba ser así para evitar hundirnos en el infierno, pero no era mi caso, yo aún estaba en el infierno.

Mi mente se trasladó a un año antes.

Era tarde cuando llegué a casa después de una vigilancia de varios días, me metí en la cama terriblemente cansado, tanto física como psicológicamente. Intenté no moverme mucho para no despertar a Marta pero estaba tan abatido por la tensión sufrida que ni siquiera me di cuenta que ella no estaba. No sé cuantas horas llevaba durmiendo cuando me despertaron los llantos de la pequeña Raquel. Fui a su habitación, Marta la tenía en brazos intentando calmarla.
- Ya siento que te haya despertado pero, no sé que le pasa hoy, no hay manera de que deje de llorar. Estoy agotada, lleva así un montón de horas.

- No te preocupes por mí, anda, vete a descansar, ya me quedo yo con ella.

- Prefiero quedarme Marc, no sé, durante estos días que has estado fuera la niña ha estado con fiebre, flemas, no ha parado de llorar. Quédate en la cama cariño, voy a llevar a la niña a urgencias, no es normal que esté dos días así.

- Bien, como tu quieras, pero de verdad que no me importa acompañarte.

Acarició mi mejilla con su mano y me dio un beso.
- Te quiero - dijo

- Yo también te quiero, amor mío.

- Coge a Raquel y le pones una chaquetita mientras me visto

Volvió al cabo de unos minutos.
- Cojo tu coche, el mío aún está en el taller.

- Vale pero ten cuidado

Ella ya sabía lo que englobaba la frase “ten cuidado”.

- Venga Marc, no fastidies, ahora con la niña así no me pongo a mirar los bajos del coche ni de coña, además si tú casi siempre vas con el coche oficial. Métete en la cama y descansa. Cuando llegue a casa te despierto.

Desde nuestra habitación oí cerrar la puerta de la calle.
A los quince minutos me despertó una fuerte explosión, los cristales de la ventana esparcidos por el suelo, la persiana completamente abombada, los gritos de la gente, las sirenas volando hacia la muerte. Me quedé impasible, aturdido pero con el maldito presentimiento de que lo que había sucedido. Reaccioné, corrí descalzo por todo el pasillo, llenando mi planta de los pies de cristales, pero poco me importaba, la angustia se había clavado en mi corazón de forma brutal. Llegué a la ventana de la sala. El coche estaba reventado, de ellas apenas quedaba nada.

Había pasado un año y ahora, invisible para el mundo, sentado en una triste silla de un moderno aeropuerto aún recordaba el tacto de esa mano en la mejilla y de ese último beso.
NOTA: Aún falta retocar un poco, o mucho, todo pero me apetecía haceros partícipe de mi mundo.





sábado, 18 de octubre de 2008

TODO VA BIEN, CAMINO HACIA ITACA

Ante todo disculpas por no responder a vuestros comentarios, lo cierto es que se me hace difícil no entrar. Durante todo este tiempo que he estado alejado de vosotros, aunque os llevo en el corazón, me han pasado unas cuantas cosas.
La primera es que ya me han publicado el relato. Es difícil de describir la ilusión que se siente cuando ves tu nombre escrito como "autor".
La segunda es que hace una semana el psicólogo, aunque ya llevo trabajando desde primeros de septiembre, me dio el alta. Me dijo que me veía bien, con fuerzas para aseguir adelante, para navegar en solitario, sin su ayuda. La medicación aún me la tengo que tomar aunque han reducido la dosis. Si lees EGO quiere decirte que gracias a profesionales como podemos salir adelante.
La tercera que estoy inmerso en la redacción de la novela, la verdad es que lleva trabajo, pero como se suele decir "sarna con gusto no pica". Me gustaría ir más rápido pero cada vez que escribo un capítulo, lo repaso una y mil veces y eso me resta tiempo.
También quería deciros que en la novela sale el blog. He tenido la inmensa suerte de conoceros y os lo debo.
Bueno, un abrazo y hasta la próxima...yo sigo navegando hacia Itaca.
¡ah! y que os echo mucho de menos.

miércoles, 27 de agosto de 2008

CIERRO EL BLOG DURANTE UNA TEMPORADA

El 17 de septiembre de 2007 escribí mi primera entrada en un mundo totalmente desconocido hasta ese momento. En esos momentos jamás hubiera podido imaginar que esa fecha pasaría a formar parte de mi vida. Ahora son las 00:10 del 26 de agosto y estoy escribiendo la que durante un tiempo creo que será la última entrada, aunque no sé aún cuando la publicaré, quizás esta misma noche ¿quién sabe?

Como no podía ser de otra manera, mientras escribo, de fondo, tengo el inmenso placer de oír como las olas rompen suavemente sobre la arena de la playa. La noche está nublada y empieza a soplar un ligero mistral.

Últimamente no leo otros blogs ni contesto a los comentarios, a excepción del blog de Sara (escribí un comentario porque necesitaba hacerle saber que en esos duros momentos del avión accidentado podía contar conmigo). Me ha costado no entrar, tanto o más como no responder a vuestros comentarios, pero egoístamente creí, y sigo creyendo, que era la forma más fácil de ir soltando amarras. Sería menos doloroso.

Durante este año he tenido la inmensa suerte de conocer personas formidables, personas que me han brindado su apoyo cuando he estado metido en un pozo sin fondo, personas con las que tengo, y tendré, una deuda pendiente. El día tres de septiembre, después de muchos meses de baja, me incorporo al trabajo y a la rutina diaria, a compartir mi vida con una persona enferma de alzheimer y lo cierto es que tengo miedo a hundirme de nuevo, a no saber afrontar la dura realidad. En esos jodidos momentos vosotros siempre habéis estado a mi lado pero ahora debo ganar la batalla yo solo.

El motivo por el cual dejo el blog, al menos durante un tiempo, os puede parecer una tontería, pero quiero cumplir uno de mis sueños (ya que algunos se han quedado en el camino) escribir una novela. Siempre he soñado con escribir un libro y no me veo capaz de continuar con el blog y centrarme en escribir una historia. Quizás sea un esfuerzo inútil pero es un esfuerzo que sólo depende de mí y quiero intentarlo. A lo mejor pensáis que es compatible una cosa con otra pero os aseguro que para mí es imposible compaginar ambas cosas a la vez. Siempre he sido consciente de mis limitaciones, seguramente una persona inteligente sería capaz de llevar a buen término ambos proyectos pero os aseguro que no es mi caso. En fin, después de mucho meditarlo, creo que he tomado la decisión correcta…sólo espero que si algún día vuelvo sea para deciros que cumplí uno de mis sueños y si regreso sin haber logrado el objetivo propuesto no me tengáis en cuenta el haberos abandonado.

En esta vida hay deseos que implican a otras personas y eso hace más difícil llevarlos a cabo, pero este sueño sólo me incumbe a mí, con lo cual sólo yo asumo el éxito o fracaso de mi decisión.

Me he hecho socio de la AEN (Asociación de Escritores Noveles). Hace unos meses conocí a una excelente persona, que por cierto está escribiendo su primera novela, y después de leer mis relatos cortos me animó a que me pusiera en contacto con esta asociación. Aún no sé como me irán las cosas pero quiero intentarlo.

Mentiría si dijera que no me duele abandonar este mundo que algunos llaman virtual, pero que para mí es real, al menos así lo he sentido yo, pero ahora toca cambiar de rumbo e intentar llegar a Itaca por otro camino. Desconozco qué me deparará el destino, qué mares habré de surcar pero creo que lograré cumplir mi sueño, mi pequeño sueño.

No quiero despedirme de vosotros sin daros las gracias por todos los buenos momentos que me habéis brindado. Por vuestra compañía os regalo unas fotos de un día de navegación con levante, os muestro mi pueblo desde la mar y la cueva del lobo marino.




Os deseo lo mejor.










martes, 19 de agosto de 2008

... Y FUISTE A LA TIERRA (Parte Final)








Después de estar con Salama y su familia, volé hasta El Cairo, una ciudad que te gusta o la odias, bulliciosa, caótica...pero con un encanto difícil de definir. A mí me encantó, su vida, su olor incluso su caos me pareció atractivo, por no decir de sus mezquitas. Fuera de ningún tipo de connotación las mezquitas me atraen sin saber muy bien el motivo. Quizás por la luz que irradian o quizás por la sensación de espacios abiertos, también me gusta el poder ir descalzo...en definitiva me atraen.


Os dejo unas fotos de ese viaje. Siento que con ellas no podáis llegar a disfrutar completamente de esa maravillosa ciudad pero al menos lo intentaré. Quizás os pueda parecer curioso que no halla fotos de las pirámides pero ¿para qué? están tan vistas que he preferido optar por otro tipo de fotografías.

La niña que sale en la foto vive en la Ciudad de los Muertos, si se compara la mirada de la niña del Nilo con ésta en sus ojos se puede ver su diferencia



domingo, 10 de agosto de 2008

... Y FUISTE A LA TIERRA 3ª Parte


En esos momentos de tensión, de máxima tensión, con el barco a punto de escorar noté una mano sobre mi espalda. Una mano fuerte que agitaba todo mi cuerpo, me desperté sobresaltado, me costó abrir los ojos, aún era de noche. Delante de mí vi la cara oscura de Salama, el patrón de la faluca con la que surcaba el Nilo. Me despertó para que pudiera disfrutar de un amanecer en el desierto.

Me costó unos instantes centrarme, había pasado una noche terrible soñando con temporales imposibles, con desafíos perdidos de antemano, con retos a una mar a la que yo jamás perdería el respeto, con llamadas inexistentes. Cuando fui consciente de donde me encontraba le agradecí que me despertara porque el espectáculo era impresionante.










lunes, 4 de agosto de 2008

... Y FUISTE A LA TIERRA 2ª Parte

El barco seguía cabeceando bruscamente, tanto que cada vez que la proa se hundía en sus entrañas la cubierta se transformaba en otro pequeño mar. En esos duros momentos mi barco formaba una simbiosis perfecta con el gran azul, no llegando a distinguir uno de otro. Incluso yo mismo me sentía parte de esa mar que ahora bramaba con fuerza; avisándome, incansable, que no siguiera, que virara y buscara refugio.

Seguramente ella no entendía cómo estaba ahí. Yo que tanto la amaba, que tantas veces la había respetado ahora, en un sinsentido, en una locura constante, me enfrentaba a ella. Me hubiera gustado explicarle que la amaba, que mi vida sin ella carecía de sentido pero que en esos momentos no necesitaba su compasión, ni su respeto…ahora necesitaba vencerla. No, no es correcto ese verbo porque para vencer tiene que darse una lucha y yo no la quería como contrincante, la amo demasiado, pero si quería demostrarme que tenía el coraje suficiente para estar con ella, no contra ella, en los momentos en que el Dios Poseidón se enfurece, al igual que le ocurrió a Ulises yo necesitaba llegar a Itaca. Necesitaba superar esa prueba.

El móvil volvió a moverse dentro de mi pantalón, así estuvo varios minutos, pero me daba igual quien fuera la persona que se encontraba al otro lado marcando mi número insistentemente.

Con mi mano izquierda intenté apartar de mi cara el agua del mar mientras con la mano derecha asía con fuerza la caña del timón.

La botavara se movía bruscamente, a pesar de mis intentos para que la mayor aguantara los embates del viento. Sin darme cuenta una ola entró por estribor. Todo el barco se balanceó. Ese golpe de mar, junto con el cabeceo constante hizo que el barco se escorara. No me dio tiempo a reaccionar.

lunes, 28 de julio de 2008

... Y FUISTE A LA TIERRA 1ª Parte


“¿Dónde ir con tu sangre de mar exasperado,
con tu acento de mar y tu revuelta lengua clamorosa
de mar cuya ternura no comprenden las piedras?
¿Dónde?... Y fuiste a la tierra”

Miguel Hernández




Cuando dejé el móvil encima de la mesa fui consciente de que seguramente esa sería la última vez que hablaba con ella. Lo más triste de todo es que durante la conversación llegué a intuir que jamás volvería a oír su voz y no fui capaz de decirle nada importante, o al menos algo que valiera la pena recordar. Quizás es que en el fondo me daba igual. Lo que no sé, ni sabré nunca, es si ella también sabía que esa sería nuestra última conversación.

Salí del camarote, hastiado de todo, me fui hacia la proa del barco y levanté la vista al cielo. Estaba lloviendo, el agua caía fuerte, con rabia, pero me dio igual empaparme, incluso pensé en que ese líquido lograría purificar mi alma, o al menos limpiar el dolor que en esos momentos recorría mi cuerpo. El agua se mezclaba con mis lágrimas, me sorprendió notar ese sabor salado en mi boca, esas lágrimas me desconcertaron porque, en realidad, no tenía ningún motivo para llorar; o si lo había yo no lo sabía.

Todo era extraño, ella, la conversación, mis sentimientos, o mis no sentimientos, mi rabia, mi indolencia, mi dolor, mis lágrimas sin motivo. La verdad es que desde hacía tiempo todo en mi vida era anormal. Sin saber ni cómo ni por qué en los cimientos que sustentaban mi existencia se fueron abriendo grietas, transformándose de pequeñas líneas a grandes cauces de ríos, cavidades cóncavas por las que se iban arrastrando todas mis miserias…y mis ilusiones. Y yo ahora estaba ahí, de pie en mi barco, agarrado a la jarcia, con mi mirada perdida en el gris de las nubes, con mi cuerpo empapado, sin capacidad de pensar, agotado y con ganas de parir una nueva vida.

- ¡eh! Amigo ¿se encuentra bien?

Me giré, en el pantalán vi a uno de los marineros del puerto con su chubasquero amarillo mirándome atónito.

- Si, perfectamente.

Quité las defensas y los cabos de amarre. Arranqué el motor.

- ¡con este temporal no puede salir!

Dirigí la proa del barco hacia la salida del puerto, mientras, cerré las escotillas para que no entrara agua en el interior del barco y, contraviniendo todas las normas, icé la mayor junto con el tormentín con la clara intención de enfrentarme a esa mar que tantas veces había amado y que ahora me avisaba, con sus olas y vientos, que no la retara, que no era momento de navegar…pero no podía volver a puerto. Me sentí como esos asesinos que desafían a la policía y van dejando pistas porque en el fondo quieren que los pillen, así estaba yo, poniéndoselo fácil a la mar para que me venciera. Ahora o nunca.

En el momento en que rompió la primera ola en mi proa noté que el móvil se movía acompasadamente en el interior de mi pantalón, el barco cabeceó bruscamente, el móvil insistía pertinaz…

martes, 22 de julio de 2008

FOTOS DE MI MEDITERRANEO









Hoy ha sido un buen día para navegar, ha soplado un poniente suave pero constante, con la mayor arriada. La verdad es que después de estar varios días sin salir a la mar siento como mi cuerpo pide encontrarse de nuevo en medio del gran azul. He navegado casi todo el tiempo relativamente cerca de la costa, a unas dos millas náuticas, lo cual me permite observar con detenimiento el mundo que se encuentra al otro lado. Reflexionar sobre lo que en él ocurre y apreciar, aún más si cabe, mi soledad. Una soledad buscada y deseada, porque cuando estoy en mi barco sólo yo, o al menos eso creo, decido que rumbo tomar sin implicar a nadie. Es aquí cuando me siento más libre.

Ahora, una vez amarrado en puerto, ya de noche, sentado en la bañera del barco con el único ruido de los mástiles pegando delicadamente unos a otros, disfruto de otro de mis placeres…escribir. Mi otra gran pasión. Esta vez sin música y sólo con la luz de una pequeña lámpara y la lumbre del cigarro. Me siento bien, a gusto conmigo mismo, disfrutando de cada momento, de cada instante. Oliendo ese olor peculiar a mar, viendo como éste se va transformando en una inmensa alfombra negra.

Hay momentos que son especiales, que tienen magia; momentos sublimes en los que confío aún en que todos mis sueños se conviertan en realidad. Instantes en que miro al cielo y veo las constelaciones, estrellas diminutas ofreciéndome pequeños golpes de luz, momentos en que puedo llegar a verme a mi mismo, tal cual soy. Ya es tarde pero aún así, si prestas atención, oyes voces provenientes de los otros barcos, dándote cuenta que cada nave es un pequeño mundo lleno de gente buscando el rumbo correcto, o simplemente con un rumbo, sin que sea necesariamente el correcto.

Cuando entré en el puerto, justo en el momento del atardecer, saqué la cámara de fotos e intenté captar ese instante efímero en que el sol desaparece con la vana ilusión de tenerlo atrapado. Ahora, cuando ya es noche cerrada y miro las fotos, me doy cuenta de mi pequeñez ante ese instante encerrado en un cristal.

Os dejo en mi cuaderno de bitácora las fotos antes mencionadas, quizás para muchos no sean más que una puesta de sol, sin nada especial, pero para mí ese atardecer tras las montañas es mucho más, porque durante muchos, muchos años, he compartido ese momento con gente especial. Esas montañas son las mismas montañas que he visto toda la vida desde mi habitación, ese mar es el mismo mar que he visto teñirse de colores o transformarse cuando de repente cambiaba el viento y el mistral se levantaba fuerte y teníamos que entrar en el puerto. Esa playa es mi playa, donde he crecido. Ese pueblo es mi pueblo, del que, a pesar de estar lejos… me siento tan cerca, en definitiva ese en MI MEDITERRANEO.












domingo, 20 de julio de 2008

PREMIO "NUNCA ES TARDE PARA EMPEZAR"


Eva María, desde su blog "Pequeños besos de luna" me ha regalado el premio "Nunca es tarde para empezar".


Muchas gracias.

Este premio lleva implícito hacer públicos diez sueños o deseos, estos son los míos:


1º.- Que se acabe el hambre en el mundo.

2º.- Que no haya más guerras y que vivamos todos en paz, independientemente del color, religión o nacionalidad.

3º.- Que todos seamos un poco más tolerantes, o mejor dicho, mucho más tolerantes.

4º.- Que mis hijas sean inmensamente felices y se cumplan todos sus sueños.

5º.- Esforzarme en ser un buen padre y buen ejemplo para mis dos princesas.

6º.- Que la gente que me rodea sea feliz, o al menos, que la vida no sea tan complicada como lo es en determinados momentos.

7º.- Que sepa, y pueda, llegar a Itaca.

8º.- Que sepa afrontar con valentía las tormentas y temporales que a veces se cruzan en mi rumbo.

9º.- Esforzarme en ser mejor persona.

10º.- Ser honesto conmigo mismo y con los que me rodean.



Este premio debe ser entregado a tres personas, y aquí es donde, espero que lo le siente mal a nadie, rompo las reglas y lo regalo a tod@s los que me leen y están ahi detrás; por que para todos creo que "NUNCA ES TARDE PARA EMPEZAR"

martes, 15 de julio de 2008

LA CASA DEL ACANTILADO Última Parte

Estuvimos unos segundos mirándonos en silencio, creo que ambos intentábamos ver que se escondía detrás de esos ojos. Un silencio sólo roto por el olor a azahar que desprendía la pipa. De repente ella se estiró como una gata hacia una esquina de la habitación, apartó un cojín y levantó una pequeña baldosa, introdujo la mano, sacó una caja diminuta.

Mientras todo ello ocurría yo la observaba sorprendido.

Volvió a donde se encontraba al principio con la caja en la mano. Una preciosa caja con espejos. La abrió, extrajo una jeringuilla, un limón, una pequeña navaja, una cuchara, un mechero, una goma y por último una papelina… ante mi mirada atónita, ella fue depositando todos los objetos, uno al lado de otro, de forma pausada. Era obvio lo que iba a hacer y no me apetecía nada estar presente, aún así, fue tal la sorpresa que durante unos minutos mis piernas parecían piedras de granito incapaces de moverse.

Al final me levanté, ella continuaba con los preparativos. Antes de salir de la habitación no pude evitar mirarla por última vez, ya tenía la aguja clavada en el antebrazo trasero.

Al llegar a la terraza encontré a Martín tumbado en la hamaca llorando, sus lágrimas eran rojas como la luz del atardecer. Me quedé de pie delante de él.

- Lo he intentado todo – me dijo con la voz entrecortada por la emoción – pero volvió a recaer y… no puedo hacer nada.

Le ofrecí un cigarro. Me senté a su lado, en el suelo y le cogí de la mano. No tenía fuerzas para decirle nada porque yo también, en esos momentos, me sentía derrotado.

- Hace unos seis meses empezó a tener fiebre, fuimos al médico del pueblo pero nada de lo que le recetó hizo efecto. Al final la llevé al Hospital, allí sabes cuando entras pero no cuando sales. Empezaron a realizarle pruebas, análisis, revisiones y que sé yo cuantas historias más…total para decirnos que como mucho le quedaban seis meses de vida. Nos dejaron marchar, ellos no podían hacer nada.

Descansó un momento para hechar una calada al cigarro, se apartó con las manos las lágrimas y continuó diciéndome:

- Cuando salimos del hospital me pidió que la dejara sola y la esperara en casa. Estuvo dos días sin aparecer, al final salí a buscarla. La incertidumbre me mataba, además tenía la certeza de donde podría hallarla…y no me equivoqué. Desde ese día sé que cada vez que sube a la torre es para pincharse pero ¿qué quieres que haga? – me preguntó pero sin esperar respuesta el mismo dijo – lo que le queda de vida que haga lo que le apetezca. No quiero privarla …

No terminó la frase, Martín, ese hombre que tenía delante, ese hombre que en un principió me pareció brusco y rudo se derrumbó.

Pasaron unos quince minutos antes de poder hablar.

- Martín, no puedo imaginarme el dolor que debes sentir, pero, joder, eso no justifica que la trates – por unos instantes busqué en mi cabeza el término correcto para no hundirlo más – de manera tan poco cariñosa.

- Tienes razón, pero es la persona que más amo en este mundo y se me está yendo... a veces me enfado porque llegará un momento en que nuestra cama será un lecho sin vida, dejará de ser un campo de batalla, lleno de sudor y con las sábanas revueltas para convertirse en una cama sin más, como otra cualquiera. Me enfado porque llegará un momento que por las mañanas no tendré a nadie con quien compartir el olor a tostadas y café recién hecho. Me enfado porque tengo la absoluta certeza de que llegará un momento en que no podré volver a rozar su piel mientras el sol cae rendido detrás de las montañas cansado de regalarnos calor y luz durante tantas horas. Ella – continuó diciéndome entre sollozos – se me va a ir igual, cansada de darme tanto amor, de dar luz a mi vida, de ayudarme a cumplir mis sueños. Ella dejo de vivir a su manera para vivir a mi manera y al final transformar mi manera y su manera en nuestra manera.

Apagó el cigarro con rabia contra el suelo justo en el instante en que María empezó a descender las escaleras.

Supe que mi papel había terminado.

Lo único que se me ocurrió decirle a ese hombre derrotado fue:

- Cuídate y…cuídala mientras tengas fuerzas.

Bajé por el túnel, llegué a la playa y me senté a ver como el agua se movía a través de mis piernas. Era como la vida, la mar se mete en tu cuerpo y ya sabes que pase lo que pase siempre formará parte de ti. Ellos también formaran parte de mí.


P.D. Esta historia está dedicada a la gente de mi generación, amigos que se quedaron en el camino enganchados a una papelina, gente con un futuro truncado por un “pico”.

HAIDEÉ MUCHAS GRACIAS Y PERDÓN POR LA TARDANZA


Estos días he andado sin tiempo para casi nada, de hecho es la primera vez y espero que sea la última que rompo una de mis normas, siempre he respondido a todos los comentarios pero de verdad, disculpadme, me ha sido totalmente imposible. Lo siento si alguien se ha sentido ofendido, desde luego nada más lejos de mi intención. Vosotros sois una parte importante de mi vida y jamás podría hacer algo, de manera consciente, algo que os molestara.



El premio me lo ha otorgado Haideé desde su página:



htpp://pensamientoliberado.blogspot.com





Gracias HAIDEÉ por el premio.






Como las normas son las mismas no hace falta repetirlas, simplemente deciros que me siento afortunado porque puedo repartir el premio a otras seis personas.





Estas son:





BAHHIA


EJCO


MIMUNDO


JOLIE


EL JARDIN DE LAS DELICIAS (BOSCO)


VERBO







viernes, 11 de julio de 2008

PREMIO RECIBIDO POR PARTE DE EJCO Y MIMUNDO


Hoy es un día especial para mí, algo tan sencillo como recibir un premio, en esta caso por parte de EJCO y MIMUNDO hace que ya de por sí sea especial y si encima es por partida doble más aún. No me queda más que agradeceros este regalo y más al saber que se refiere al esfuerzo personal. Para los que no lo sepan y siguiendo con las normas del premio los enlaces son:


EJCO: htpp://ejcomundo.blogspot.com/


MIMUNDO: htpp://mimundo43.blogspot.com/


Este premio conlleva las siguientes normas:


1. Se guarda el premio con el enlace correspondiente a la persona que te lo ha concedido.


Esta norma ya está cumplida.



2. Compartir seis valores importantes y seis que no soportas:


Valores importantes:


lealtad

honradez

amistad

tolerancia

respeto (hacia uno mismo y hacia los demás)

sinceridad



Valores que no soporto:


orgullo

hipocresia

envidia

racismo

intolerancia

prepotencia


3. Elegir a seis personas:


* SENDIEVA.

* LUCIA-M

* GISE

* EGO

* GUADA

* SARITISIMA


4. Avisar a los galardonados dejando un comentario en su blog.

jueves, 10 de julio de 2008

LA CASA DEL ACANTILADO 4ª Parte


Cuando llegamos arriba entendí rápidamente porque era el lugar más mágico de toda la casa. La habitación, de unos diez metros cuadrados, estaba rodeada de arcos árabes y sobre ellos unas telas blancas, casi transparentes, las cuales parecían levitar al son del poniente que soplaba en esos momentos. Telas que se movían de forma voluptuosa, telas que hacían juego con el vestido de María y no sólo por el color sino también por la sensualidad de sus formas. El suelo estaba lleno de cojines, tantos y tan variados en cuanto a colores y formas que impedían ver la superficie de la estancia.

Realmente no sabía que estaba haciendo yo en ese lugar y con aquella mujer sentada en el suelo delante de mí.

- Ponte cómodo.

A mí eso me pareció una obviedad, hubiera sido del todo imposible no sentirse cómodo en un lugar como aquel, pero en lo más íntimo de mi ser brotaba una inquietud, un desasosiego que me hacía estar alerta.

Ella cogió una pipa de agua y la encendió. El ambiente se llenó de un aroma a azahar difícil de describir. Por unos momentos me acordé del bar de los cristales en el bazar de El Cairo. Una vez encendida y tras haber expulsado unas cuantas bocanadas de humo, o al menos las suficiente para que tirara adecuadamente, me la pasó.

Ver a esa mujer chupar ávidamente la boquilla creo en mí una visión hipnótica, haciendo del todo imposible que mis ojos no se centraran en sus labios. Lo peor de todo es que ella era consciente de todo, tanto; que una de las veces, sacó la boquilla de sus labios, la rodeó con su lengua para al final, volver a introducírsela en la boca.

- Toma, prueba, seguro que te gusta.

Durante bastantes minutos estuvimos fumando, pero sin articular palabra, igual que cartujos, me atrevería a decir que sólo nuestros ojos y gestos hablaban. Al final fue ella la que rompió el silencio

- ¿Sorprendido?

- ¿De qué?

- De la situación.

- Depende.

Se acercó a mí con su mano abierta, cogió la boquilla de mi boca, aspiró para al final expulsar el humo en mi rostro. Lo hizo lentamente, muy lentamente, con la segura intención de impresionarme. Aguanté la mirada a pesar del escozor que notaba en mis pupilas.

- ¿Tus respuestas siempre son tan escuetas?

- No siempre, sólo cuando las preguntas son imprecisas.

- ¿Te sorprende que Martín me trate de esa forma
– hizo una pequeña pausa -un tanto despectiva?

Como no estaba muy seguro de la entonación, no me quedó más remedio que responderle:

- ¿Me lo preguntas o lo afirmas? Por que tanto en un caso como en otro eres perfectamente consciente de la respuesta, pero bueno, para que no te quede ninguna duda te diré que sí. Sin embargo – continué diciéndole – tengo la certeza de que conocías la respuesta a esa pregunta. No te lo tomes a mal, pero cuando estás con él pareces una niña rota, una muñeca que se compone y descompone en función de las piezas que tu marido quiera colocar.

Su rostro cambió, sus ojos parecían otros ojos, incluso sus labios…en realidad todo su cuerpo se transformó. Ante mi desapareció la sensualidad que envolvía a esa mujer, ahora me hallaba ante alguien desconocido. Sus ojos se clavaron violentamente en los míos.

- No tienes ni puta idea de nada.

Si pretendía impresionarme, de verdad que no lo consiguió, todo lo contrario.

- Vaya, parece que también os ponéis de acuerdo en lo que debéis decir a la gente – respondí, forzando un tono irónico - nunca me habían dicho en tan poco tiempo que no tengo ni puta idea de nada – al terminar la frase, aún con su dura mirada posada en la mía, sonreí. Un gesto que, al igual que el tono utilizado, la enfureció.

- Tú vives en tu mundo de barcos, de viajes, de gente “guapa”, gente sin problemas, gente…

No le dejé terminar la frase. Mi disposición a discutir otra vez sobre el bien y el mal había desaparecido. Era la primera vez que en un espacio de tiempo tan corto oía, de dos personas distintas, las mismas lamentaciones y por hoy, el cupo ya lo había cumplido. Me levanté con intención de marcharme.

- Ha sido un placer conocerte – eso no era del todo cierto pero tampoco me apetecía ser descortés – despídeme de tu marido y dile a tu hija, para que se quede tranquila y se alegre un poco, que ha conseguido que me lleve un moratón en la espinilla.

- ¿Por favor, espera, quédate un poco más? – me sorprendió su cambio de actitud. Volvía a ser esa muñeca rota en mil pedazos – Martín me ama, te lo aseguro. El es el único hombre que me ha hecho sentir importante, hizo que creyera en mi misma. El es ahora mi príncipe y yo – bajó la mirada, en esos momentos adiviné su vulnerabilidad - no era más que una bella princesa tirada en cualquier esquina a merced del primer hombre sin escrúpulos que pasara por mi lado y estuviera dispuesto a pagar para que se la chupara o para follar. Me daba igual lo que hiciera conmigo con tal de que me diera dinero para poder pagarme la droga. Un día apareció él y ¿sabes lo que me dijo? “¿Cuánto ganas en una noche?”, le mentí, me aproveché de su inocencia y le dije una cantidad que ni por asomo ganaba. Se fue para volver al cabo de un rato con el dinero que le había dicho, “toma, ahora ya no hace falta que estés aquí, puedes irte a casa”; yo le respondí que no tenía ningún lugar donde ir, que dormía en la calle y él, sin pedirme nada a cambio, me llevó a su casa. Durante unos días me trajo la droga que necesitaba, hasta que, cuando se enteró que estaba embarazada, me obligó a ir a un centro de desintoxicación. Estuve casi dos años interna y él, a cambio de nada, me esperó. El resto de la historia ya la conoces…bueno queda el final.

martes, 8 de julio de 2008

LA CASA DEL ACANTILADO 3ª Parte


Mentiría si no dijera que las miradas, el trato y obviamente esos golpes en los brazos creo un desasosiego en todo mi cuerpo. Pasé, en cuestión de segundos, de una sensación de tranquilidad a un azoramiento del todo desagradable.

- Brindemos – dijo Martín, acercando su cerveza a la mía – tú eres el invitado, elige por qué brindamos.

- Te parece bien por la vida.

- Por la buena vida
– matizó él.

Si he de ser sincero ese calificativo me pareció que sobraba, al menos en esos momentos y ante la situación que había observado instantes antes.

Después de unos sorbos y un silencio un tanto violento, Martín me preguntó qué es lo que me traía por ahí. La casualidad, le respondí yo, navego y cuando encuentro un sitio que me parece agradable atraco el barco. En este caso vi la playa, y el azar, el destino o llámale como quieras hizo que viera el agujero. Lo que sigue ya lo sabes.

- Y a ti ¿Qué te trajo aquí?

- Pues mira que casualidad, a mí me ocurrió igual. El destino, el azar o llámale como quieras – al repetir la frase noté cierta sorna en su tono de voz – hizo que conociera a María y el destino, el azar o llámale como quieras – me molestó que repitiera por segunda vez la misma oración además notaba cierto tono de provocación – nos puso en el camino de esta casa. Cuando la vimos estaba hecha una mierda, nos miraban como locos cuando quisimos comprarla. En cambio ahora, ya ves, es el paraíso.

Durante todo su monólogo en ningún momento aparto su mirada de la mía, quizás lo único que esperaba era ver mi reacción. Realmente no lo sé, pero era un hombre desconcertante. Tenía una forma de mirar que intimidaba. Bebió un sorbo de su cerveza, aproveché para hacer lo mismo.

- ¿Tú crees en el paraíso? – me preguntó, de sopetón, volviéndome a mirar fijamente.

- Ciertamente no lo sé, ni siquiera me lo he planteado, pero ¿sabes una cosa? – ahora fui yo el que utilizó, conscientemente, un tono agresivo – tengo claro que existe el infierno.

Mi respuesta provocó en él una sonora carcajada. Esperaba cualquier reacción pero no esa. Se tumbó hacia atrás en la hamaca mientras continuaba riéndose para, rápidamente y de forma brusca, acercar su cara a la mía.

- Tú no tienes ni puta idea de lo que es el infierno, no hay más que verte.

- Te equivocas, ahora eres tu el que no tiene ni puta idea de lo cerca que he estado del infierno, tan cerca que incluso el propio diablo estuvo a punto de darme la mano. La gente como tú os creéis que sólo a vosotros os ha jodido la vida y te equivocas Martín – utilicé su nombre con la clara intención de romper esa tensa situación que se había creado entre nosotros – no me conoces así que, permíteme un consejo, no juzgues a la gente sin conocerla.

- ¿Qué quieres decir con eso de la gente como tú? – me preguntó.

- Pues eso, creo que la vida te ha puteado, no lo sé y para serte sincero tampoco me importa – fui consciente que no debía haber dicho eso, a partir de ese momento utilicé un tono más conciliador - pero vosotros os creéis que sois los únicos con derecho a quejarse por lo mal que os ha tratado el destino. Aprovecháis cualquier ocasión para contar que la vida es injusta, que os merecíais otra suerte y pensáis que a los demás mortales la vida nos regaló una buena mano y que en algunos casos incluso dejó que nos guardáramos un as en la manga. No niego que pueda darse el caso, pero te aseguro que a mí nadie me ha regalado nada.

Al fin, cuando terminé de hablar, apartó la mirada, dando la sensación de que una vez puestas las cartas sobre la mesa, todo debía volver a la normalidad.

- María, María.

A los pocos segundos apareció la que supuse que sería su mujer.

- Pon un cubierto más en la mesa, hoy tenemos invitado.

- No gracias, de verdad, no quiero molestar.

- No es ninguna molestia
– respondió él volviendo a utilizar un tono cordial, incluso afectuoso – son las dos de la tarde y además María cocina de miedo, cariño ¿verdad qué no te importa?

- En absoluto, será un placer.


Ella me miró y pude notar en su cara cierta complacencia e incluso me atrevería a decir que realmente fue sincera cuando dijo “será un placer”. Por un momento llegué a pensar que su comportamiento, su estado de ánimo, iba en función de cómo se encontrara su marido. El la contagiaba, para bien y para mal.

La comida fue realmente agradable, mucho más de lo que yo hubiera imaginado, la conversación giró, básicamente, en mis viajes, me “obligaron” a que les contara anécdotas sobre la mar. El único inconveniente que tuve fue la pequeña, estaba sentada enfrente de mí y se pasó la mayor parte de la comida pegándome patadas en la espinilla. Como vio que ni me inmutaba ante tamaña tortura, es más, cuanto más me pegaba más sonreía yo, eso la mortificaba y a mí, por el contrario, me hacía disfrutar. En sus ojos se reflejaba la rabia del que intenta hacer daño y no lo consigue.

Cuando terminamos de comer Marín y María abandonaron la mesa, entraron en casa. La niña también se marchó. Aproveché para ir recogiendo la mesa, al poco rato salió ella.


- Déjalo, luego lo recogemos. Ven – dijo mientras me ofrecía su mano – te voy a enseñar un sitio mágico, el lugar mas especial de toda la casa.

Hipnotizado por esa mirada no pude más que aceptar la invitación. Cogí su mano y me dejé llevar. Subimos por unas escaleras exteriores a una especie de torreón.

- ¿Y tu marido?

No contestó a mi pregunta, simplemente se giró y con sus dedos tapó mi boca.

jueves, 3 de julio de 2008

LA CASA DEL ACANTILADO 2ª Parte

Me paré unos segundos antes de salir al exterior. En esos momentos me dio la sensación de que estaba adentrándome en un territorio prohibido. Un lugar al que nadie me había invitado; pero de nuevo la tentación pudo más que la razón. Salí de la cueva, momento en el cual me di cuenta que me hallaba en uno de los laterales del muro blanco que había divisado desde la playa, ahora parecían mucho más altos, de hecho medirían alrededor de unos dos metros. En esa parte del muro había unos escalones de madera por las cuales se accedía al patio de la casa. Subí un par de escalones, miré hacia el interior... ver ese patio hizo que me inundara una sensación de paz increíble.

Seguí dando rienda suelta a la tentación…me colé en su interior.

El patio tenía tres muros y en medio había una mesa de madera con cuatro sillas de mimbre. Encima de la mesa, en un lateral, me fascinó ver una enorme bandeja repleta de conchas, había de todos los tamaños, formas y colores; otro de los laterales de esa madera sin pulir estaba repleto de velas de todos los colores y tamaños. En uno de los lados del muro, pegado a él, habían construido un banco de obra, un enorme banco, cubierto por cojines blancos. En otro de los muros se hallaba una cocina de obra y a su lado una pila de mármol. El otro muro es donde me hallaba en esos momentos y cerrando el cuadrado la pared de una casa, de cuyo lateral crecían bugambillas. Ëstas, junto con las hojas de parras que se enredaban entre el mimbre a forma de tejado, proporcionaban sombra, pero a la vez permitían que los rayos del sol se filtraran entre las hojas, formando un juego de luces increíble. Soplaba un poniente suave, con lo que el balanceo de las parras acompasaba las sombras que se reflejaban en las baldosas de barro que cubrían el suelo, de tal manera que daba la sensación de que éste tuviera vida propia.

Salí de ese patio y rodeé la casa, me di cuenta que en su zona oeste tenía un pequeño porche. El que había construido esa finca tuvo la magnífica idea de construir dos zonas con las que poder disfrutar tanto de los amaneceres como de los atardeceres. El porche era más pequeño que el patio que había visto antes, pero no por ello menos acogedor. Había cuatro tumbonas de madera y tela blanca. De los muros sobresalían unas pequeñas repisas hechas de obra y encima de ellas, una al lado de otra y al igual que en el patio que daba al este, había velas, infinidad de ellas.

A diferencia del primer patio, el segundo, estaba recubierto de pequeñas cañas de bambú. De las paredes que rodeaban la puerta de entrada a la casa pendían suaves telas blancas, ligeras, suaves. Tan frágiles que la propia respiración provocaba un leve movimiento en esas blancas cortinas.

Me quedé absorto mirando esa escena, intentando imaginármela de noche, con todas las velas encendidas. Sin duda un lugar mágico.

- ¿Qué estás mirando?

Me giré para ver a quien correspondía esa voz chillona que había roto el encantamiento. Era una niña preciosa, rubia y blanca, con unos ojos marrones de color miel que apabullaban. Calculé que no tendría más de nueve o diez años.

- ¿Quién te ha dado permiso para estar aquí? – siguió preguntándome para al final terminar con una amenaza – te vas a enterar cuando se lo diga a mi padre – sin darme tiempo a explicarme empezó a bramar - ¡Papá! ¡Papá! Un hombre está entrando en casa.

- tranquilo, no pasa nada, no quiero entrar, sólo estoy mirando.

Intenté por todos los medios, con mi mirada, con mis manos abiertas para que viera que no llevaba nada (de hecho sólo llevaba el bañador y una pequeña riñonera), procuré que mi voz sonara lo más conciliadora posible…pero fue en vano.

- ¡papá! ¡papá!, ven corre.

En unos instantes apareció un hombre, se paró a unos dos metros de donde yo me encontraba. No me dijo nada, pero me miró, o mejor dicho, me observó detenidamente de arriba abajo. Me dio la sensación que sería de mi edad pero desde luego era mucho más corpulento y algo más alto. Yo también le observé, pero procurando que mi mirada no pareciera un reto. Era todo lo contrario a la niña… tez morena, ojos negros y un pelo azabache. Era la antítesis a esa hermosa criatura que unos instantes antes había implorado su presencia.

- buenos días, ¿desea algo?
- su tono de voz no sonó a amenaza, lo cual hizo que me tranquilizara.

- no, mire estaba paseando por la playa, he visto el agujero en el acantilado y he acabado aquí – intenté resumir lo que había sucedido para evitar malentendidos - Luego he dado una vuelta por la casa pero no se preocupe que ahora me marcho.

El hombre se acercó hacia mí alargando la mano.

- me llamo Martín.

- encantado, yo soy Xavi.

El haber pasado del tratamiento de usted al tuteo hizo que me tranquilizara.

Me gustó como estrechaba la mano. Siempre me ha producido cierta desazón la gente que aprieta la mano con miedo, justo con los cuatro dedos, como si no quisiera tocarte y tendiera la mano porque no queda más remedio. Martín no, él apretó la mano con fuerza pero sin hacer daño, con ganas de que se apretón fuera real. En principio nada parecía superfluo en ese hombre.

La pequeña miraba perpleja, seguramente ella no entendía como su padre ofrecía la mano a un hombre que, sin permiso, se había metido en su casa. Es más, creo que en sus ojos había incluso una sensación de rabia…o de haber hecho el ridículo; pero bueno a su edad, y a mi edad a veces también, es difícil comprender a los mayores.

- ¿quieres tomar algo?, hoy pega el sol con ganas.

Antes de responderle miré de reojo a la niña, le guiñe el ojo, quería que viera que estaba ahí en son de paz. Ella giró la cara despechada, se dio la vuelta altiva, su melena rubia agitándose con gracia. Yo la continué mirando, sonriendo y cuando se había alejado unos pasos puso su mano derecha a la espalda para cerrar el puño al tiempo que levantaba el dedo corazón. Ese gesto me sorprendió, pero no por ello evitó que me riera ante la ocurrencia de esa pequeña niña.

De mayor será una mujer con carácter – pensé.

- si tienes una cerveza bien fresca te lo agradecería.

- siéntate, ahora traigo unas cervezas.

Me tumbé sobre la tela blanca, observando con detenimiento el vaivén de las sutiles telas.

Luego cerré los ojos pero aún así notaba como los rayos del sol me calentaban la cara. Noté la presencia de una persona porque por un momento, la luz se apagó. Pensé que era Martín con las cervezas. Abrí los ojos mientras me incorporaba, pero no era él.

- toma me ha dicho mi marido que os traiga dos cervezas.

Esa mujer que ahora tenía delante de mis ojos era la viva imagen de la niña. No hacía falta ser buen fisonomista para darse cuenta que eran como dos gotas de agua. Me incorporé. Le ofrecí mi mano. Ella no me ofreció la suya.

- hola soy Xavi.

No me respondió ni al ofrecimiento de mi saludo ni tampoco me dijo cómo se llamaba, se limitó a decir:

- os dejo aquí las cervezas, Martín ahora viene.

Cuando se dio la vuelta para entrar de nuevo en la casa, pude ver como tenía la parte trasera de los brazos llena de hematomas.

- espera, tú no te quedas a tomar nada.

Ella ni se giró. Justo cuando terminé la frase salió Martín.

- ya puedes volver para dentro – le ordenó sin mirarle a la cara.

Mientras Martín venía hacia mí y sabiendo que no podía verla, antes de entrar en la casa se dio la vuelta y me miró, pero sólo fue un instante.




POR DIOS...OTRO PREMIO


Untrocitodemi ha tenido la amabilidad de regalarme otro premio. Muchísimas gracias y como soy un animal de costumbres yo os lo regalo a todos vosotros.


¡FELICIDADES!

lunes, 30 de junio de 2008

UN PREMIO PARA TODOS VOSOTROS


Mi Mundo ha tenido la amabilidad de regalarme este premio. Se supone que debo decidir entre seis blogs, pero de verdad que no puedo, me niego a que nadie se quede fuera y como dijo una vez un buen amigo: el premio es para y con él puedo hacer lo que quiera, así que os lo brindo a todos para lo cojáis y lo coloquéis en vuestros blogs.


¡VA POR USTEDES!

domingo, 29 de junio de 2008

LA CASA DEL ACANTILADO 1ª Parte


Hacía un día precioso, la mar era un espejo que reflejaba violentamente los rayos del sol, apenas soplaba un poniente suave, pero lo suficiente para que el génova se hinchara y permitiera a mi barco rozar el agua, con cuidado de no hacerle daño, con cuidado de no quebrar esa perfección azul. Me acerqué a la costa, a una pequeña cala, que según la carta náutica tenía la profundidad suficiente como para poder fondear. Aún hay lugares a los que únicamente se puede acceder desde el mar, evitando de esta manera aglomeraciones. Gente que transforma lugares mágicos en un infierno de toallas y sombrillas.

Mientras la proa se dirigía hacia ese lugar, en mi barco sonaba “Soulería”, el último Cd de Pitingo. Estaba ensimismado observando la playa, el bosque mediterráneo que llegaba hasta la misma arena cuando sonó el móvil. Era mi amigo (el que tiene el blog “caminando hacia itaca”) justo acababa de salir de la sesión del psicólogo y me llamaba para decirme cómo le había ido la sesión. Me dijo que le habían rebajado la medicación, en lugar de tres pastillas ahora sólo debía tomar dos. También me dijo que le había propuesto al psicólogo empezar a trabajar. La verdad es que mi amigo tiene una profesión, o vocación, un tanto “especial” (por calificarlo de alguna manera); ante la propuesta de incorporarse al trabajo el psicólogo le dijo que no, que le veía aún con “hilvanes”, capaz de romperse en cualquier momento, así que lo mejor, según él, era esperar a que pasara el verano. Eso, me dijo, mi amigo le desanimó pero, entendió la respuesta del profesional. Paciencia – le respondí yo. Al tiempo que le deseaba lo mejor.
Cuando terminé de hablar con él me di cuenta que ya estaba cerca de la orilla. Eche el ancla y me tiré al agua.

Deseaba fundirme con el gran azul, llegar a formar parte de él en una comunión completa. Llegué nadando hasta la orilla, me tumbé boca arriba en la arena mojada, notando como el agua se filtraba por mi espalda. Puse los brazos en cruz – fue un acto no premeditado – y en esa posición intenté vomitar todo lo que llevaba en mis entrañas. Sacar lo malo, o al menos todo aquello que me provocaba angustia. Después de estar un rato tumbado como Cristo en la cruz, me senté, puse mi cabeza entre las rodillas y las manos agarradas a mis piernas. Cerré los ojos, lo único que notaba era como el agua cubría mis pies, pero mi cabeza volaba a cientos de kilómetros, imaginando si Itaca sería igual. Si tendría esas playas solitarias y vírgenes; preguntándome cómo sería aún el camino que me quedaba por recorrer; cuestionándome las decisiones tomadas hasta ese momento, ¿estaría solo en Itaca?, esa fue la única pregunta que respondí rápido y con decisión, no. Después de todo el camino era imposible que llegara a Itaca yo solo, me convencí a mi mismo que como Ulises Penélope estaría esperándome.

No sabría decir con exactitud cuánto tiempo estuve en la orilla. Al final me incorporé, miré a mi espalda. Era curioso como esos pinos habían conseguido llegar hasta la misma playa. Caminé por la arena mojada, era relajante notar como mis pies se hundían lo suficiente como para dejar las huellas de mis pisadas. Formas que con el vaivén del agua se difuminaban. Borrando toda señal de mi paso por encima de esa alfombra marrón.

En un momento, levanté la vista hacia el acantilado y fue entonces cuando vi, a unos quince metros de altura, un muro blanco. Me extrañó ver esa construcción. En realidad no desentonaba con el ambiente, era rústica, antigua (o al menos lo parecía), lograba una simbiosis cuasi perfecta con el ambiente. Mi extrañeza venía dada por la dificultad que debió llevar el construir en ese lugar, la verdad es que me producía cierta, o mejor dicho, mucha curiosidad, averiguar cómo pudieron ser capaces de edificar en un lugar tan inhóspito como ése. Tampoco se veían escaleras que permitieran el acceso a la playa. Eso me desconcertó ¿para qué tener una casa en un lugar tan privilegiado si no puedes disfrutar de la fina arena que tienes unos metros más abajo? y ya no sólo disfrutar de la arena sino del gran azul, de esas aguas aún cristalinas.

¿Cómo debía ser – me pregunté – la persona que se hace construir algo en un lugar tan especial como ese y no disfruta plenamente de él? Es como si te dicen, “toma esta hermosa goleta, es tuya, obsérvala, pero no te subas en ella porque no puede navegar”. Tener algo al alcance de la mano, rozarlo con la punta de los dedos, pero jamás llegar a tocarlo debe de producir una sensación, cuanto menos, contradictoria.

Me sentí atraído por esa casa, me acerqué más hacia la base del acantilado, estaba completamente absorto mirando ese muro, tanto que cuando me quise dar cuenta las plantas de mis pies descalzos empezaron a quemarme. Di unos pasos hacia el agua a fin aliviar la quemazón que producía la arena. Fue en esos momentos, mientras me mojaba los pies, cuando me di cuenta que de un lateral de la pequeña cala, en el acantilado, se abría entre las rocas un pequeño agujero. Desde luego una persona puesta en pie era imposible que cupiera, el que quisiera entrar tenía que hacerlo de rodillas.

Me quedé mirando de nuevo a la casa, se encontraba justo encima de donde se hallaba el agujero. Sin duda ese ere el lugar por donde el propietario, o propietarios, de la finca accedían a la playa.

Me arrodillé, encendí el mechero y rapté hacia lo que se suponía que debía ser la casa. El agujero, minúsculo en su entrada, se fue anchando a medida que iba ascendiendo, tanto que llegó un momento en que pude incorporarme. Llevaría unos quince metros de ascenso, cuando al girar un pequeño recodo, la luz del día me cegó.


Había llegado arriba.

miércoles, 25 de junio de 2008

ESTOS DÍAS EN CASA...


Es curioso, estos días varado en tierra, he vuelto a escribir como lo había hecho siempre, es decir, con lápiz y papel. Soy un hombre de costumbres, más o menos fijas, y llevo tiempo ya utilizando el mismo tipo de portaminas, es uno de la marca PILOT y más concretamente el modelo THE SHAKER 0,5.

Al empezar a escribir de nuevo, sin un teclado por el medio, he vuelto a retomar la sensación, la dulce sensación que produce el suave desplazamiento del grafito sobre la inmensidad del folio en blanco. Me gusta ver como éste va tiñéndose de color negro, me gusta ver las imperfecciones de la letra, incluso las rayas horizontales que producen los tachones. El escribir a mano produce toda una serie de estímulos y sensaciones que nada tienen que ver con la redacción perfecta que te proporciona el ordenador. Con él, todo es perfecto, la letra, el encuadre, te equivocas y nadie se da cuenta que has corregido esa palabra o esa frase que no encajaba en ese párrafo.

En definitiva, me gusta la imperfección de la escritura a mano. Sin embargo, sería engañarme a mí mismo, si no supiera apreciar todas las ventajas que proporciona una máquina tan perfecta, pero tan fría, como un ordenador.

Pensad por un momento que recibes una misiva de la persona que amas, ves el remitente e ilusionado abres el sobre. En su interior una carta de amor pero escrita a máquina. Para mi sería una desilusión, sería algo frío, impersonal e incluso por muy hermosas que fueran sus palabras no llegarían a transmitirme el calor, y la pasión, que se intuye en una carta dirigida a la persona que quieres.

Creo que ya os lo he contado alguna vez, pero siempre, o al menos lo procuro, llevo encima el portaminas y el cuaderno de anotaciones. En éste último caso sí cambio de modelo, actualmente llevo uno de la marca OXFORD, con la portada haciendo una especie de “aguas” de color marrón y de hoja cuadriculada. En ese pequeño cuaderno anoto todo, ideas, ocurrencias, frases que oigo o leo, incluso dibujos.

Permitidme que os ponga un ejemplo. Abro una hoja del cuaderno al azar, y dice así:

NOTAS

· Tengo un destino que sin duda debe ser cumplido.
· Yo escogí un camino, quizás de manera inconsciente al principio, pero a pesar cada día que pasa tengo más claro que esa opción era la correcta, con lo cual no tengo ningún derecho a quejarme. Era, y es, mi opción.
· No me cabe la más mínima duda que todo lo importante que me ha sucedido a lo largo de mi vida permanecerá inalterable, permanente. Por otro lado, lo banal, lo superficial, todo aquello que no ha conseguido llenar mi alma desaparecerá. Mi cuerpo se convertirá en granito y no permitirá que nada superfluo se filtre como pequeños riachuelos.
(la raya negra está igual que en el cuaderno)
Al final se podía establecer una comparación entre escribir a mano y dirigir un barco. La sensación que produce tener la caña del timón en la mano, dirigirlo a tu antojo, con el beneplácito de los vientos, claro está, no es en absoluto comparable a marcar el rumbo en el piloto automático y esperar a que él te lleve hacia el destino elegido.

Si nos paramos a pensar un poco, con la vida ocurre lo mismo. Está llena de imperfecciones, de corregir rumbos, de equivocarnos, de girar a sotavento y luego virar a barlovento, la vida está a merced de los vientos que soplan y que en un momento dado nos pueden llegar a sorprender, pasar de un levante suave a un mistral con fuerza, tanta que nos obligue a quitar vela y buscar refugio.

Evidentemente también podemos elegir una vida sin riesgos, nadie nos impide marcar un rumbo fijo y dejarnos llevar, sin importarnos lo que podemos dejar en el camino, pero amigos esa es una decisión que cada uno debe tomar y desde luego, una vez decidida puede ocurrir dos cosas. La primera engañarnos a nosotros mismos, empezar un folio en blanco en lugar de continuar escribiendo y la segunda es que una vez tomada la decisión, correcta o no, pero nuestra decisión al fin y al cabo, no nos queda más remedio que ser consecuente con el camino tomado.

Si así ocurre dudo que lleguemos a Itaca, la única esperanza que nos quedará es que ese lugar mágico sea ocupado por alguien que lo sepa apreciar y lo disfrute.