viernes, 30 de noviembre de 2007

FONDEADO EN LAS COLUMBRETES



Ha salido un día despejado. No queda ni rastro de las nubes que ayer tamizaban el firmamento. La mar está en calma, con un color azul intenso igual que el cielo que me cubre. La claridad del día permite ver a lo lejos las Columbretes, y hacia ellas enfilo la proa de mi barco, una vez en el lugar intentaré fondear en L´Illa Grossa ya que tiene forma de arco abierto y en el caso de que se levante un poco temporal me protegerá.


A medida que me voy acercando puedo ver los grupos de islotes de la Ferrera, la Foradada y el Carallot. Pero de todo ello lo que más me entusiasma es el faro que se encuentra en L´Illa Grossa.

Estoy entrando en la ensenada con forma de herradura, que según algunos puede ser un antiguo cráter; a babor dejo los tres islotes llamados Mascarat, Senyoreta y Mancolibre y a estribor, a unos setenta metros de altura veo la colina donde se asienta el viejo faro. En el camino observo varios barcos fondeados en medio de la ensenada, en una zona conocida como Puerto Tofiño. Veo que hay alguno igual que el mío, un Puma 37.

Una vez en el interior de la media luna entiendo por que dicen que sólo se puede permanecer dentro del puerto cuando soplan vientos de dirección SE, del S, del SO y del W. Por el contrario, si los vientos proceden del NO, N, NE y E las embarcaciones no pueden entrar y tienen que acceder a la isla por el Sur, concretamente por una zona llamada Escala de España.

He fondeado a unos quinientos metros de donde se halla un imponente velero. Tengo la impresión que es uno de los tantos que organizan cruceros e inmersiones por el Mediterraneo. Se ve movimiento de gente por la cubierta, bueno al menos, durante los días que esté en las islas no me sentiré solo, aunque sinceramente nunca me ha importado la soledad y menos cuando es una opción personal.

Como hace un esplendido día aprovecho para leer curiosidades sobre el bello faro que domina la isla. Al parecer inició su actividad hacia el 1860. En un principio se necesitaban cuatro familias para atenderlo y más tarde se llegó sólo a una. Permanecían tres meses en la isla y al cuarto descansaban. Me imagino la dureza que debió ser para esas familias la vida en el faro. No tenían contacto con el exterior, de hecho hasta 1921 no se instaló un equipo de radio y en cuanto a los suministros, estos llegaban quincenalmente a la isla desde Baleares, Valencia y Castellón, en embarcaciones cuya travesía duraba hasta 11 horas. ¡qué vida la de aquellos fareros!.


Os seguiré contando anécdotas de las islas mientras esté atracado en esta ensenada.


martes, 27 de noviembre de 2007

RUMBO A LAS ISLAS COLUMBRETES 3ª Parte


En esta época del año la luz del día desaparece con prontitud y el brillo de la luna menguante empieza a aparecer a través del cielo encapotado. Me encuentro a tres millas de las islas, podría llegar a ellas pero decido fondear y esperar a que amanezca para acercarme a esos islotes. Quiero que me sorprendan.

Me preparo algo para cenar. Después, acompañado de un buen café caliente subo a cubierta a contemplar el mar, la luna y las nubes. Sentado, delante del timón, recuerdo un libro que me marcó, un libro que leí cuando tenía doce años. Es curioso, pero me acuerdo perfectamente de los momentos en que lo estaba leyendo. Era verano y estaba con toda la familia en la playa. Recuerdo que sólo entraba en el agua para refrescarme y volvía a salir para continuar leyendo esa maravillosa historia. La novela en cuestión era “El Corsario Negro” de Emilio Salgari.

La historia se desarrolla en el Mar Caribe, en una época en que los hombres buenos sabían lo que era la palabra lealtad, honor, amistad y demás valores que hoy en día, desgraciadamente, parecen anticuados. El Corsario Negro era un noble italiano que se dedicaba a la piratería con la única finalidad de vengarse del malvado gobernador de Maracaibo, el mismo que asesinó al Corsario Verde y al Corsario Rojo, ambos hermanos del valiente Corsario Negro. La muerte de sus hermanos no fue la única desgracia que le tenía preparado el destino. El gobernador tenía una hija bellísima y, casualidades del destino, el valiente corsario y ella se enamoraron. El idilio fue breve pero apasionado, de hecho tuvieron una hija Yolanda.

En la cubierta de mi barco, con la brisa del mar golpeando en mi cara, oteando el horizonte, me siento como un filibustero a punto de entrar en la fortaleza, soñando que en el viejo faro que hay en la isla se encuentra, prisionera, una hermosa dama esperando a que la rescate.

Desgraciadamente, ya de más mayor leí “Trafalgar”, otra gran novela de marinos y te das cuenta, que no sólo existen palabras con valores loables sino que también existe muerte, desolación, asesinatos, abordajes, dureza, sables hundiéndose en la piel del contrario, cañones reventando mástiles, maderas que al romperse se convierten en proyectiles clavándose en cuerpos de jóvenes grumetes.

El paso de una novela a otra es como la vida, cuando te haces mayor tus fantasías o sueños se desvanecen, o eso intentan, sin embargo me niego a que eso ocurra. En mi mástil hondea la bandera negra con las dos tibias y la calavera. Quiero que quede claro que mi barco es una nave pirata y aviso a los que se acerquen a hundir mi barco que lucharé hasta el final, que no me rindo, que soy un hombre de honor y no permitiré que ningún gobernador se entrometa en mi camino.

Gracias Emilio Salgari por escribir ese maravilloso libro.

Espero que pase rápida la noche, ya tengo ganas de ver las islas y como no, el viejo faro.

domingo, 25 de noviembre de 2007

RUMBO A LAS ISLAS COLUMBRETES 2ª Parte

Hemos reparado la avería del velero y pongo de nuevo rumbo hacia las islas.

Era un velero precioso, concretamente un Dufour 50 Prestige. Se le había roto el estay de galope, espero que el apaño que hemos hecho les permita llegar a Oropesa, que según la carta náutica es el puerto más cercano. En el barco vivía una familia italiana con tres hijos, el padre se llamaba Paolo y la madre Isabel. Iban de regreso a Nápoles después de viajar por el mundo durante cinco años, de hecho, el pequeño de los hijos era de nacionalidad chilena.

Me invitaron a tomar un café, mientras, de fondo, sonaba la hermosa música de Joao Gilberto. Reconocí algunas canciones, “Las chicas de Ipanema”, “Corcovado”, “Desafinado”, “O grande amor”... Estuvimos hablando de viajes, de caminos interrumpidos, de temporales, de rumbos equivocados, de lugares en la vida, de la gente maravillosa que te encuentras y de lobos marinos, curtidos en mil batallas. Me hablaron, de sitios hermosos y de lugares terribles, pero sobre todo se les notaba que estaban enamorados de Sudamérica.

Decían, y creo que no les falta razón, que en ese hermoso continente aún es posible creer en la utopía, todavía queda tiempo, aunque cada vez menos, para que la madre tierra no se sienta como una puta con la que todo el mundo tiene derecho a acostarse a cambio de cuatro duros. Todavía queda la esperanza de que a la selva amazónica se la respete, que no la quemen, que no adulteren a su gente, que en lugar de darles cruces y dioses nuevos a los que adorar, les den medicamentos y medios para subsistir. Ellos ya tienen sus dioses. Los pueblos indígenas no necesitan dinero por que no hay nada que comprar, la selva les proporciona, o proporcionaba, lo que necesitan, tampoco hay que darles tierra, por que la tierra ya es suya, simplemente lo que hay que hacer es respetarlos.

Mientras continuaba hablando con Isabel, su marido, al ver que me interesaba el tema de los pueblos indígenas, me trajo un folleto de la ONG “Survival”, un movimiento que trabaja para proteger a los pueblos indígenas. Me mostró unas fotos de unas tribus amazónicas que viven en el estado de Rondônia, Brasil. Me explicó que hoy en día los kanoê suman tres personas y los akuntsu ocupan un trozo de selva conocido como el área de Omerê que, aunque ha sido delimitada de forma legal, está rodeada de enormes ranchos de ganado y plantaciones de soja. Pero su mayor peligro, me explicó Paolo, son los terratenientes y el contacto con los extranjeros, ya que son pueblos muy vulnerables a las enfermedades. También me hablaron de los guaranís, tribu que se encuentra asentada en Paraguay, Bolivia, Argentina y Brasil. En este último país viven hacinados en pequeñas parcelas de tierra, rodeados de plantaciones y haciendas de terratenientes, que los explotan como mano de obra barata.

Sus comentarios hicieron que mi alma se estremeciera, en realidad todos sabemos que eso existe pero cuando a esos hombres y mujeres les ves la cara y sabes sus nombres, todo te afecta mucho más.

Me despedí de ellos con un abrazo y les deseé que, donde quiera que estuvieran, encontraran su parcela de tierra.

jueves, 22 de noviembre de 2007

RUMBO A LAS ISLAS COLUMBRETES 1ª Parte

La proa mira hacia donde está saliendo el sol. Parece una pequeña colina en el horizonte, un reducido punto de color rojo, que dentro de no mucho tiempo se engrandecerá dispuesto a engullirme. Aguantaré el rumbo hasta que ese astro surja en su totalidad de la lejanía y se eleve, majestuoso e impresionante, hacia el infinito. En esos momentos viraré y pondré mi pequeño barco dirección sureste, camino de las Islas Columbretes.

La mar está en calma y sopla un xaloc suave. Está entrando por popa y lleva el mismo rumbo que yo. Hará una media hora que he dejado de ver la costa del Delta del Ebro, es en estos momentos cuando más a gusto estoy, me siento yo mismo, soy yo mismo y no dependo de nadie ni a nadie tengo que rendir cuentas y si tuviera que hacerlo, lo haría a la mar.

Le diría que necesito deslizarme sobre ella, que navegaré suave sobre su espalda, que la quilla de mi barco a penas la rozará, que mi camino está en su camino, que en mis entrañas hay una parte de ella, que desde que nací su olor se introdujo en mis poros, que la necesito tanto como a la mujer que amo y le recordaría a la mar que ella fue testigo, hace años, de nuestro enamoramiento y lo permitió.

Me están llamando por la emisora, al parecer un velero se ha averiado a unas dos millas de donde yo me encuentro y me piden que vaya a echarles una mano.

Os seguiré contando mi viaje hacia las islas.

Un saludo

lunes, 19 de noviembre de 2007

SIRENA

Mientras navego cierro los ojos, abro el corazón y sueño con mujeres hermosas con cola de pez, y entonces me pregunto, y os pregunto ¿existirán las sirenas?.

Benedetti, como siempre tan acertado, escribió este bello poema.


SIRENA
Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche
te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo
tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.

domingo, 18 de noviembre de 2007

JUEGOS DE NIÑOS

El cielo raso y completamente despejado hace que la temperatura descienda de manera considerable. Menos mal que en el interior del camarote se está medianamente bien. Para hacer el ambiente un poco más agradable oigo el último CD de Madeleine Peyroux “Half the perfect world”.

Son las once de la noche y oigo el repique lejano de las campanas. Salgo a cubierta y veo las luces de las casas encendidas, alumbrando la vida que hay en su interior. Hasta el puerto llega el olor del humo de las chimeneas y si cierro los ojos hasta puedo imaginar el crepitar de la madera en los hogares. Estas tres sensaciones, frío, luces encendidas y el olor de las chimeneas me llevan a momentos felices de mi infancia.

Yo vivía en la costa, pero muchos fines de semana íbamos al pueblo de mi madre, un pueblo de interior, pequeñito, medio derrumbado por la guerra civil y a medio reconstruir por la posguerra. Recuerdo que nada más bajarte del coche lo primero que apreciabas era el olor a chimenea que impregnaba las calles. Gran parte de mi infancia transcurrió en ese pequeño pueblo.

Mi tía tenía, y tiene, una casa con un patio en su interior. En él mi primo y yo jugábamos a lo que más nos gustaba, a “indios y vaqueros”. Los dos queríamos ser “vaqueros”, pero sobre todo los que más nos gustaban eran los del Séptimo de Caballería. Eran los más elegantes, con su chaqueta de color azul, su largo sable, ese gorro de ala ancha y sus hermosos caballos. Pero teníamos un problema, llevábamos pantalón corto, todavía no habíamos hecho la Comunión y por lo tanto no podíamos llevar pantalón largo (aún hoy sigo sin entender que tendrá que ver una cosa con la otra). Ese era un pequeño “trauma”, hasta que se nos ocurrió que nosotros seríamos jóvenes exploradores conocedores de la zona y que por lo tanto los soldados del Séptimo nos respetarían. Así estuvimos hasta que llegó la fecha de la Comunión. Esa misma tarde mi primo y yo pudimos alistarnos como soldados en el regimiento del Séptimo de Caballería que se encontraba alojado en nuestro patio. Ya éramos uno de ellos.

Cuando nos cansábamos de jugarnos la vida adentrándonos en parajes inhóspitos, cogíamos las bicicletas y, junto con otros niños, recorríamos las calles. Recuerdo que pintamos, a brocha, una bici con un color “plata” indescriptible. Era una bicicleta nueva, se la habían regalado a una de mis primas, pero sus colores eran como los de cualquier otra bicicleta. No podíamos permitir que una bici tan buena estuviera desaprovechada, teníamos que utilizarla pero para eso habría que darle un “toque”especial. Nada mejor que pintarla. Esa bici plateada fue la admiración de nuestros amigos. El problema fue que entre mis tíos y mis padres la admiración no fue tan grande ni comprendieron, por más que se lo explicamos, lo que había mejorado esa bici.

Respecto a mi primo, decir que es tipo peculiar. Se merece un capítulo a parte. Hoy en día se dedica a la música, tiene un grupo de rock catalán, se llama “GRA FORT”. Alguna vez he visto videos suyos en la página YouTube.

Un saludo navegantes

viernes, 16 de noviembre de 2007

POEMA 18

Otro poema de Neruda.


Aquí te amo. En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento, quieren cantar tu nombre con sus
hojas de alambre.

jueves, 15 de noviembre de 2007

EL CUENTO DE LA CHICA DE COLOR AZUL




Entre el diario veo unas fotos de la chica de azul. Ha pasado el tiempo y me sigue pareciendo hermosa. Sobre ella escribí este pequeño cuento:

La primera vez que vio su imagen ya le impactó, pero por motivos ajenos a su voluntad no pudo detenerse a contemplarla. Le hubiera gustado pararse y mirarla con detenimiento. Se prometió a si mismo regresar al lugar donde se hallaba la chica de azul.

Al cabo de unos días tuvo oportunidad de volver a verla. En esta ocasión se tomó todo el tiempo del mundo, o al menos el necesario, para fijarse en cada detalle de su cara. Su forma de mirar, sus ojos, su pelo oscuro…un todo que ejercía sobre él un poder hipnótico. Estaba convencido de que, a pesar de toda la gente que andaba por la calle, ella sólo le miraba a él. De hecho comprobó que si se movía de un lado a otro de la calle, los ojos de esa hermosa mujer le seguían, de tal manera que era imposible abstraerse de esa penetrante mirada.

Se acostumbró a verla todos los días, incluso a veces, aunque le pillara a desmano, procuraba pasar por esa calle sólo por el placer de contemplarla. Cuando estaba a punto de llegar al sitio le asaltaba el miedo a que algún necio la hubiera destrozado o peor aún, que ya no estuviera.

Una noche fue a verla, estaba sentado en el portal de en frente contemplándola en silencio, cuando apareció un muchacho, se acercó a ella, la acarició y en una hendidura de la pared introdujo un papel. Estuvo unos minutos observándola con detenimiento, casi con devoción, se marchó llorando perdiéndose entre la oscuridad de las calles desiertas.

El seguía sentado en el portal, intentando asimilar la escena que había contemplado. Se levantó y con la impunidad que da la noche se acercó al lugar donde se hallaba el papel. Lo abrió, con pudor, pero lo abrió. El muchacho había escrito: “lo siento pero tengo que marcharme a pintar a otro lugar. Siempre estarás en mi corazón.”.

En mi diario escribí el final, mi final o al menos el que a mí me parecía más correcto. Aquí dejo que cada uno acabe el cuento como más le guste o desee.

lunes, 12 de noviembre de 2007

LISBOA








Mientras estoy esperando para zarpar de nuevo he visto uno de los diarios. Me ha traído muchos recuerdos, pero sobre todo me ha encantado volver a ver imágenes de la ciudad de Lisboa. En ese viejo libro guardo, entre otras cosas, fotos y comentarios sobre esta ciudad lusa.

En la época en que fuimos, Navidad, la ciudad estaba repleta de luces, con mil formas y colores. No es que me guste especialmente esta época, pero he de reconocer, quizás por el niño que queda dentro, que las luces de Navidad me traen un sin fin de recuerdos. Nadie me puede negar que esas luces nos devuelven a la niñez, y cuando se es niño todo lo que rodea esos días está envuelto en un halo de magia.

Aconsejo, si se me permite aconsejar, que esta bella y decadente ciudad debe ser visitada acompañado de la mujer que amas, como hice yo. Creo que es la única manera de llegar a entenderla y por supuesto, de disfrutar de sus calles, barrios y como no, de esa música nostálgica llamada fado. Cuando miras la ciudad desde el Elevador de Santa Justa es importante tener a alguien al lado con quien compartir esa maravillosa vista.

Me habían comentado que era una ciudad en la cual no existen términos medios, o te gusta o no te gusta. Seguramente no tiene el encanto de París, ni es tan cosmopolita como Londres o Nueva York, ni tan exótica como Estambul pero, si sabes ver lo que sus calles esconden, entonces pasará a engrosar la lista de lugares inolvidables.

Hay zonas que ya sólo por el nombre te enamoran, Rossio, Barrio Alto, Chiado, Alfama, etc. De las siete lomas que conforman esta ciudad, para mí, es la que más personalidad y encanto tiene. En esta colina se encuentra el Castelo de Sao Jorge. Recuerdo que aquella tarde estuvo lloviendo de manera intermitente, lo cual hacía que el ambiente fuera, si cabe, más nostálgico. Desde este lugar se divisa Lisboa, sus puentes y sobre todo, los viejos tejados del barrio de Alfama. Sin embargo tampoco conviene dejar de visitar los miradores de la zona de Graça.

Otro de los pequeños, o grandes, placeres que puede aportar esta ciudad es sentarse a ver pasar la vida en la terraza de El Café A Brasileira, junto a la estatua de Pessoa y por supuesto montar en los viejos tranvías con asientos de madera.

Si alguien tiene la oportunidad, y tiempo, no debe perderse un lugar especialmente hermoso, Sintra y su bello Palacio da Pena. Si le preguntáramos a un niño cómo se imagina un castillo de cuentos de hadas, sin duda elegiría el Palacio da Pena. Desde luego no es casualidad que el poeta romántico Lord Byron frecuentara este lugar.

Dejo para el final lo más mágico de esta bella ciudad, algo que no se ve pero que te penetra hasta las entrañas, el fado, esa maravillosa música del alma, de la “saudade”, música nostálgica, melancólica y pesimista. Letras de canciones que hablan de amores perdidos, de amores no correspondidos, de destinos malogrados o vidas desarraigadas. Dicen que la mejor fue Amália Rodrigues, y sin duda lo fue, pero escuchar también a Mariza o Dulce Pontes, os aseguro que no os defraudarán.

Cuando escuchéis fado, escucharlo con el alma abierta pero con los puños cerrados, aguantando, para que no se os parta el corazón.
Mientras estaba escribiendo sobre Lisboa me acordaba de cinco personas muy importantes en mi vida y a las que quiero, Jose y Leire, Javi y Estela y sobre todo a Begoña, una maravillosa compañera de viaje.









miércoles, 7 de noviembre de 2007

MIS COMETAS



Llevo varios días anclado en un pueblecito cercano al delta del Ebro. He aprovechado, como siempre que estoy unos días sin salir a la mar, para poner en orden mi pequeño barco, reparar algún desperfecto y por supuesto, comprar provisiones. Os aseguro que no es nada agradable quedarte sin existencias lejos de la costa, así que lo mejor es tener siempre de más.

En el puerto me he visto obligado a cambiar el perno de la botavara y reparar la vela del foque. El perno lo he puesto nuevo pero el foque lo he reparado yo, y la verdad, espero que el mistral no sople demasiado fuerte, sino al final me veré obligado a cambiar la vela. Por si alguno no lo sabe el mistral es el viento que viene del Norte, sopla fuerte y es frío. En la zona de Aragón le llaman cierzo. En esta época, apunto de llegar el invierno y cuando los días son más cortos, es cuando empieza a soplar de manera importante.

Al caer la tarde me he resguardado en el interior del camarote y en el fondo de un pequeño armario me he encontrado una sorpresa: mis cometas. Hacía tiempo que andaba buscándolas y, como casi siempre ocurre en la vida, las cosas buenas aparecen por sorpresa. Igual sucede con el amor, llega y se va sin avisar.

Tengo dos cometas, una completamente diferente a la otra y no sólo por el tamaño, sino también por su forma de volar.

La pequeña es rápida, con carácter, audaz hasta el límite y no le gusta nada sentirse atada a dos hilos, y mucho menos que le marquen el camino a volar. A esta pequeña le tengo un especial cariño. La primera vez que la volé fue en la playa de Laida (Euskadi) y mi maestro fue un buen amigo, Julián. En octubre se han cumplido cuatro años de su muerte. El era como mi cometa pequeña, un espíritu libre y seguro que esté donde esté, seguirá haciendo lo que el crea conveniente, sin importarle las ataduras. Como dice otro buen amigo, es de la gente que conoces en el camino y se queda contigo.

Mi otra cometa, la grande, es pausada, tranquila, le cuesta moverse pero una vez que lo hace es capaz de realizar mil piruetas, acrobacias imposibles y consigue que los niños se queden ensimismados mirando esos giros elegantes. A ella no le importa sentirse atada, lo que le importa es que la mimen y la quieran, y ella sabe que yo la mimo y la quiero. Le encanta jugar con mis hijas, le gusta que la persigan, que intenten cogerla, o al menos rozarla con sus pequeños dedos, a sabiendas que nunca lo conseguirán. En ocasiones he dejado que la vuelen y ella, complaciente, hace verdaderos esfuerzos para no caerse. Mis princesas se creen, ingenuas, que ellas manejan los hilos de la cometa, no se fijan que desde el aire, ella me hace una señal, alegre por que esas dos niñas jueguan con ella.

Voy a ver si encuentro una pequeña playa donde volarla.

Donde quiera que estés, un saludo Julián.








lunes, 5 de noviembre de 2007

¿INTIMO ó PERSONAL?

El otro día recibí la llamada de un amigo. Estuvimos hablando largo rato pero, de toda la conversación, lo que más me sorprendió fue lo que me dijo en lo referente al post “La luna y el primer amor”.

Decía que lo que había escrito era demasiado íntimo como para plasmarlo en un blog. Yo creo que el calificativo “íntimo” no es correcto, bajo mi opinión encaja mucho mejor el término “personal”.

Cuando escribí ese artículo no tuve la sensación de contar algo “íntimo”. Lo que en él contaba es algo que nos ha pasado a todos, si no es así, pobre del que no haya sentido vibrar su corazón la primera vez que una chica te coge de la mano o das el primer beso. Seguramente, si preguntáramos a cien personas que describiera lo que sintió en esos momentos, cada uno lo explicaría de una manera distinta, pero en el fondo, estoy convencido de que todos hemos sentido lo mismo. En ningún momento tuve la sensación de contar algo que no pudiera contar.

Ya he dicho antes que es más correcto, a mi parecer, utilizar el término “personal”. Pero no sólo cuando hablo de sentimientos sino de cualquier otro tema, al fin y al cabo todas las opiniones escritas en mi blog son personales. Lo mismo ocurre con los comentarios de los que lo leen.

Tengo claro que jamás contaría algo íntimo, algo que sólo me perteneciera a mí y, en todo caso, a la persona con la cual compartí ese momento o momentos.