jueves, 8 de marzo de 2012

LA VIEJA TABERNA Y...EVA 3ª Parte

- Sí, viajo solo.
- ¿y te espera alguien en algún puerto? – preguntó, mientras en sus ojos asomaba un toque de travesura y una sonrisa en sus labios.

Antes de responder tomé un sorbo de café. Lo cierto es que no me esperaba esa pregunta. Entre aquella mujer y yo no había nada, absolutamente nada de confianza, de hecho era la primera vez que hablábamos. Sin embargo no me extrañó, ella le daba un toque de naturalidad a todo.

- Siempre nos espera alguien en algún puerto ¿no crees?
- No lo sé – respondió – yo no navego, así que no tengo puerto donde atracar y si no tengo puerto no hay nadie que me espere.
- Pues para mí es importante pensar que hay alguien esperándome aunque no sepa muy bien el sitio, de todas maneras no puedo creer que viviendo aquí no salgas a navegar.
- No sé si te has dado cuenta pero aunque hay sillas para minusválidos que yo sepa no hay barcos.

Entre ella y yo surgió un silencio un tanto incómodo. Ella dio un sorbo al té. Yo me la quedé mirando.
La voz de su madre rompió el silencio.

- Eva, acuérdate que dentro de media hora va a venir Quim a que le termines el tatuaje y tendrás que preparar el estudio ¿no?
- Ya lo sé mamá, pero es que ahora la conversación se está volviendo interesante – respondió…pero sus ojos seguían clavados en los míos.
- ¿No te parece que esta conversación se está volviendo interesante?
- Creo que contigo cualquier detalle, incluso el más pequeño se vuelve interesante.
Acercó su silla a la mesa. Sonrió, incluso sus ojos sonrieron.
- ¡eh! Marinero, ¿no estarás intentando enrollarte conmigo?

Me recliné en la silla. La mujer que tenía delante me intimidaba. Su vitalidad, sus ganas de vivir, su facilidad para reírse de todo y de todos, incluso de ella misma era algo que me sorprendía y que me costaba entender. Mientras ella continuaba mirándome pude notar como en mis mejillas brotaba un color rojo intenso. El ponerme rojo en determinadas ocasiones ha sido algo que nunca he podido evitar. En esos momentos me siento indefenso porque soy consciente que la persona que tengo delante sabe de mi debilidad o de mi vergüenza.

- Perdona si te he molestado, no era mi intención. La verdad es que a veces tendría que pensar las cosas dos veces antes de decirlas.

Ahora fue ella la que se reclinó en su silla. Ahora fue ella la que se sintió avergonzada. No nos conocíamos de nada y sin embargo hablaba como si fuéramos amigos de toda la vida.

- No me ha molestado, o quizás sí. La verdad es que no estoy acostumbrado a…
No pude terminar la frase, el sonido de su teléfono móvil me lo impidió. No sé quien era la que la llamó, lo único que sé es que le cambió la cara.
- Lo siento, me tengo que marchar.

Puso sus manos en las ruedas, giró y se fue hacia una puerta que estaba al final de la barra del bar. Allí estaba Malena, su madre, observándola con cara de preocupación.
Fuera estaba anocheciendo. A través de los cristales empezaban a reflejarse en los cristales la luz del sol del atardecer. Una luz anaranjada entraba en la vieja taberna, el día iba cayendo poco a poco. Me levanté y dejé el café en la barra. Malena ya no estaba dibujando, sus ojos ya no miraban la libreta llena de sirenas, anclas y rosas de los vientos, sus ojos miraban la puerta por la cual se había ido Eva.

En la calle seguía soplando un mistral fuerte, tanto que me costaba avanzar. Los mástiles de los veleros que estaban atracados se golpeaban unos contra otros

Cuando llegué al barco puse un poco de música y miré las previsiones del tiempo. Las predicciones no eran buenas, de hecho me obligarían a estar amarrado aún un par de días como mínimo. No me importaba demasiado, aprovecharía esos días para comprar algo de provisiones y poner en orden y al día el cuaderno de bitácora.

No era muy tarde pero estaba cansado. Me tumbé en la litera con la intención de dormir, sin embargo no podía quitarme de la cabeza a Eva. Era especial, todo en ella era especial. Su forma de hablar, su forma de tratarme, su forma de ser. Apenas la conocía sin embargo, no sé porque extraña razón, había dejado una muesca en mi alma. Cerré los ojos pero una y otra vez me venía su imagen a la mente. Nunca me había pasado. Intenté racionalizar todo, pensar fríamente. Yo mismo me preguntaba qué me estaba ocurriendo. Cómo era posible que la deseara si apenas la había visto, cómo era posible que me apeteciera tanto besarla si no la conocía, como era posible que la echara de menos si apenas había estado con ella. Esa mujer había entrado en mi vida a borbotones, como un levante al atardecer había reventado cualquier mínima defensa. Eva, esa mujer rubia sentada en una silla de ruedas, me había destrozado y sabía, que pasara lo que pasara entre nosotros, estaría conmigo para siempre. Estaba nervioso porque lo que me estaba sucediendo era inexplicable. Quizás es que hay cosas que son inexplicables, que ocurren sin saber muy bien ni cómo ni porqué han ocurrido. Quizás es lo mágico de los sentimientos, aparecen y te atrapan para siempre. Ella, aunque desapareciera, aunque jamás la volviera a ver, sería mi sirena escondida en algún rincón de la mar. Sería mi acompañante para siempre en mi camino hacia Ítaca.

Cerré los ojos. Los sueños me la trajeron de nuevo, la sentí a mi lado. Sentí su mano acariciándome la cara, me la imaginé de pie ante mí. Me desperté sudando. Nervioso. Empecé a dar vueltas en la cama. Fuera seguía soplando el viento. Salí a cubierta. Estaba temblando. En el puerto estaban todas las luces apagadas, incluso la de la vieja taberna.

La noche fue larga y dura, muy dura, pero al final pude dormir un poco.
Cuando salí de nuevo a cubierta ya había amanecido. El puerto había cobrado vida. Me pegué una ducha y fui a desayunar a la vieja taberna.
En la puerta, resguardados del viento que seguía soplando, había unos cuantos marineros. Dentro Malena estaba preparando desayunos.

- Buenos días.
- Buenos días – respondió ella mientras iba dejando desayunos encima de la barra - ¿te preparo uno?
- Sí por favor.

Me senté en la misma mesa, sin embargo mis ojos no estaban centrados en el cuaderno mis ojos estaban fijos en la puerta…esperando que entrara Eva. Malena se dio cuenta. Me llamó para decirme que ya tenía el desayuno preparado.

- Espero que te guste. Por cierto no mires la puerta porque ella hoy no vendrá.

No esperaba esa respuesta. Tampoco esperaba que se hubiera dado cuenta.

- ¿seguro? – pregunté.
- Seguro. De verdad, hoy no la esperes – dijo mientras posaba su mano sobre la mía en un signo de cariño que agradecí en esos momentos de desconcierto.

Me senté, sin embargo se me había quitado el hambre.

2 comentarios:

isla dijo...

.. es estupenda la historia que estás tejiendo.. de veras.. estupenda..
yo estoy enganchada contigo a Eva..
Un beso

y por favor.. yo quiero másss..
flor-i

xavi dijo...

Gracias Isla.

Mi relato no llega a la altura de tus poemas pero...creo que está bien, como mínimo entretenido.

Y tranquila que hay mas...un poco mas.