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martes, 22 de febrero de 2011

UNA CIUDAD...EN EL NORTE

Hoy en el taller de relatos hemos practicado la descripción, para ello teníamos que escoger un lugar de la ciudad, ir allí y describir lo que veíamos.

Cuando he salido de casa estaba lloviendo pero no me ha importado, en absoluto. Esas gotas de agua han traído a mí recuerdos de cuando era niño y llovía en el pueblo. Para nosotros que no estábamos acostumbrados a ver el agua aquello era mágico y la verdad es que nos hacía felices.
Hoy me he sentido bien paseando por el Casco Viejo, unas calles estrechas pero llenas de vida, no sé si buena o mala pero vida al fin y al cabo…y con eso ya me basta.

Desde una mesa sentado en el interior de un bar he escrito esto:

“Me siento en un lugar del Casco Viejo. La calle estrecha no permite que mi vista se aleje mucho más allá de las paredes que descansan a escasos metros de donde estoy.

Podía haber escogido cualquier otro sitio situado en los nuevos barrios, lugares donde el atardecer se desploma lentamente permitiendo que los ojos se acostumbren a la oscuridad que poco a poco nos va cubriendo.

Podía haberme ido a la otra parte de la ciudad. Un barrio donde los ciervos, las charcas y los cientos de pájaros que habitan en ese lugar celebran como la noche va pariendo un día nuevo. Sin embargo he escogido este estrecho lugar en la parte alta del Casco Viejo. Seguramente porque me siento más cómodo en las distancias cortas, con poca gente a mi lado.

Levanto la vista del cuaderno y veo a través de las cortinas a una chica bailando como una loca, moviendo los brazos de un lado a otro y de arriba abajo. Tengo la impresión de que es muy feliz y de que irradia felicidad a los que la rodean.

Veo una televisión encendida y una silueta sentada en el sofá. Me imagino a una persona que ya ha vivido todo lo que tenía que vivir y que ahora prefiere vivir la vida de los demás.

Veo a dos chicas paseando cogidas de la mano, se miran, sus ojos se besan. Siguen andando dispuestas a no soltarse nunca más de la mano.

En otra de las ventanas me parece ver a un chico y una chica jugando con una bola del mundo. Esa pareja está apostando fuerte por un sueño, quiere ganar…juega para ganar. El coge la mano de ella, creo que sus dedos están cruzando el Atlántico. Ojalá que tengan una buena travesía.
Veo un cuaderno en blanco que poco a poco va llenándose de letras repletas de sentimientos.”

Un saludo desde…una hermosa ciudad del norte.

lunes, 12 de noviembre de 2007

LISBOA








Mientras estoy esperando para zarpar de nuevo he visto uno de los diarios. Me ha traído muchos recuerdos, pero sobre todo me ha encantado volver a ver imágenes de la ciudad de Lisboa. En ese viejo libro guardo, entre otras cosas, fotos y comentarios sobre esta ciudad lusa.

En la época en que fuimos, Navidad, la ciudad estaba repleta de luces, con mil formas y colores. No es que me guste especialmente esta época, pero he de reconocer, quizás por el niño que queda dentro, que las luces de Navidad me traen un sin fin de recuerdos. Nadie me puede negar que esas luces nos devuelven a la niñez, y cuando se es niño todo lo que rodea esos días está envuelto en un halo de magia.

Aconsejo, si se me permite aconsejar, que esta bella y decadente ciudad debe ser visitada acompañado de la mujer que amas, como hice yo. Creo que es la única manera de llegar a entenderla y por supuesto, de disfrutar de sus calles, barrios y como no, de esa música nostálgica llamada fado. Cuando miras la ciudad desde el Elevador de Santa Justa es importante tener a alguien al lado con quien compartir esa maravillosa vista.

Me habían comentado que era una ciudad en la cual no existen términos medios, o te gusta o no te gusta. Seguramente no tiene el encanto de París, ni es tan cosmopolita como Londres o Nueva York, ni tan exótica como Estambul pero, si sabes ver lo que sus calles esconden, entonces pasará a engrosar la lista de lugares inolvidables.

Hay zonas que ya sólo por el nombre te enamoran, Rossio, Barrio Alto, Chiado, Alfama, etc. De las siete lomas que conforman esta ciudad, para mí, es la que más personalidad y encanto tiene. En esta colina se encuentra el Castelo de Sao Jorge. Recuerdo que aquella tarde estuvo lloviendo de manera intermitente, lo cual hacía que el ambiente fuera, si cabe, más nostálgico. Desde este lugar se divisa Lisboa, sus puentes y sobre todo, los viejos tejados del barrio de Alfama. Sin embargo tampoco conviene dejar de visitar los miradores de la zona de Graça.

Otro de los pequeños, o grandes, placeres que puede aportar esta ciudad es sentarse a ver pasar la vida en la terraza de El Café A Brasileira, junto a la estatua de Pessoa y por supuesto montar en los viejos tranvías con asientos de madera.

Si alguien tiene la oportunidad, y tiempo, no debe perderse un lugar especialmente hermoso, Sintra y su bello Palacio da Pena. Si le preguntáramos a un niño cómo se imagina un castillo de cuentos de hadas, sin duda elegiría el Palacio da Pena. Desde luego no es casualidad que el poeta romántico Lord Byron frecuentara este lugar.

Dejo para el final lo más mágico de esta bella ciudad, algo que no se ve pero que te penetra hasta las entrañas, el fado, esa maravillosa música del alma, de la “saudade”, música nostálgica, melancólica y pesimista. Letras de canciones que hablan de amores perdidos, de amores no correspondidos, de destinos malogrados o vidas desarraigadas. Dicen que la mejor fue Amália Rodrigues, y sin duda lo fue, pero escuchar también a Mariza o Dulce Pontes, os aseguro que no os defraudarán.

Cuando escuchéis fado, escucharlo con el alma abierta pero con los puños cerrados, aguantando, para que no se os parta el corazón.
Mientras estaba escribiendo sobre Lisboa me acordaba de cinco personas muy importantes en mi vida y a las que quiero, Jose y Leire, Javi y Estela y sobre todo a Begoña, una maravillosa compañera de viaje.









martes, 9 de octubre de 2007

FOTOS DE NUEVA YORK
























OTOÑO EN LA GRAN MANZANA

La tramontana sigue soplando, lo que me obliga a seguir amarrado a puerto si bien, las predicciones dicen que en unos días cambiará el viento y se levantará un levante suave. Mientras ello ocurre continúo revisando fotos y diarios de antiguos viajes. Ahora toca Nueva York.

Esa ciudad, gracias a las películas y a las bandas de jazz, me había cautivado desde bien pequeño. Mi admiración por ella era, y es, comparable a la admiración que siento por la poesía de Mario Benedetti. Con eso lo digo todo.

Recuerdo que llegué a la ciudad en otoño. Estuve hasta altas horas de la noche dando vueltas, en todas las guías aconsejaban aguantar hasta bien tarde a fin de poder superar el “jet lag”. Acepté gratamente el consejo.

Esa noche estuve en la zona de Theatre District, concretamente en el centro, en Time Square. Me veía a mi mismo dentro de una película, con esos inmensos letreros luminosos y gente de lo más variopinta, mezclándose unos con otros, conviviendo razas, clases sociales. Estaba realmente apabullado ante tal maremagnum de sensaciones, todas ellas fluyendo brutalmente dentro de mí.

Llegué a la habitación del hotel y me acosté dejando las cortinas abiertas, quería sentir como me despertaba la luz del amanecer de Nueva York. En el MP3 puse a John Coltrane. En esos momentos eché a faltar una mujer hermosa a mi lado.

A través de la ventana vi a la luna, ya se había cubierto la necesidad. Estaba igual de bonita que las noches de verano en las que fondeaba en pequeñas calas, y ella y yo manteníamos una conversación secreta e íntima.

Me levanté y me dirigí a Central Park, concretamente a la zona oeste. Era temprano, no quería perder ni un solo instante, mi único objetivo era empaparme de esta ecléctica ciudad. Llegué a las puertas del edificio Dakota, donde mataron a John Lennon. Recordé mi canción favorita “Imagine”. La estrofa que más me gusta es la que dice:

“Imagina que no hay países.
No es difícil de hacer.
Nada por que matar o morir
y tampoco religiones.
Imagina a toda la gente
viviendo en paz.
Puedes decir que soy un soñador
pero no soy el único.
Espero que algún día te nos unas
y el mundo será sólo uno.”

Desde el edifico Dakota me dirigí a la Bethesda Fountain, desde su magnífica terraza se observa el lago y las frondosas orillas del Ramble. Me senté en un banco a ver pasar la vida.

Ese día, después de una desesperante cola, cogí un ferry que me llevó a la Estatua de la Libertad. En ese momento fue la primera vez que me imagine Nueva York en blanco y negro. Cerré los ojos e intenté adivinar como vieron la ciudad los inmigrantes irlandeses, italianos y de tantos países para los que esta gran ciudad fue su nueva patria.

Durante esos días vi monumentos, puentes, calles, grandes rascacielos, pero es curioso, los había visto tantas veces en las películas, en fotos, televisión etc, que parecía como si mi espíritu se hubiera reencarnado y me dieran la oportunidad de vivir otra vida. Que magia.

Crucé el puente de Brooklyn desde la plaza del City Hall, desde este impresionante lugar las vistas de Manhatan son increíbles. Aproveché para darme una vuelta por la zona de Brooklyn Heights y Downtown. A la tarde me di un paseo hasta la playa de Coney Island, tenía ganas de ver Astroland, el antiguo parque de atracciones.

Otro lugar que recordaré siempre es la calle 42 este, tiene tantas y tantas cosas para ver. Recuerdo el vestíbulo de La Grand Central Terminal. El famoso rascacielos Chrysler Building. Todo ello impresionante.

Pero el plato fuerte vino de noche, ahí volvió el Nueva York en blanco y negro. Deseaba visitar los famosos clubs de jazz donde habían tocado mis ídolos, Billie Holiday, Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane y tantos y tantos otros. No me lo podía creer, yo estaba allí. La sala que más me impactó fue la Village Vanguard situada en la 178 Seventh Ave (en la séptima y la calle 11), este garito fue, y es, uno de los clásicos del West Village. En los días siguientes visité el Teatro Apollo de Harlem, el Carnegie Hall, situado en 57 th Street y 7 th Avenue. No me defraudaron, todos ellos resultaron ser unos locales memorables con unas mujeres de color bellísimas, tanto como la música que allí se interpretaba.

Cerré los ojos, dejé que mi alma saliera de mi cuerpo y vagara en cada una de las notas que aquellos instrumentos emitían. Me imaginé a una hermosa mujer a mi lado, acariciándome la mano al tiempo que mi corazón latía apresuradamente…

Me gritan desde la proa del barco, es el marinero del puerto que trae un paquete. No ha estado nada mal recordar ese magnífico viaje, espero tener otro momento para dedicarlo a otras ciudades.